“Jesús, ¿por qué me tienes miedo? Quitas tu mano muy rápido de mis piernas. No te van a morder… te van a comer, como siempre. Ja ja, siempre te comí, Jesús. Y estabas muy a gusto adentro de mí. Sigues siendo el mismo: galán, tímido, reservado. Recuerdo que tardaste tanto en invitarme a tu mesa. De hecho, yo fui y me senté contigo. Tú sólo me mirabas. Siempre me mirabas y, cuando yo te miraba, desviabas tu mirada a otro lugar. Y claro, tardaste tanto en invitarme a la cama en el “table dance” donde trabajaba y nos conocimos… ¿Lo recuerdas, Jesús?”.
Esther Alejandra hoy es una mujer, un “mujerón”, de 43 años de edad. Es decir, sigue siendo una muchacha. Pero ella ya se considera “mayor”. La conocí cuando ella frisaba los 21 años, creo recordar, en un “table dance” regiomontano, donde se intercambian pesos por besos y caricias fingidas.
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Tiene razón la gran mujer, la cual hoy platica conmigo: me tardé tiempo en estar con ella. Le tenía miedo. De hecho, aún hoy, en esta edad de anciano, le sigo teniendo miedo a las mujeres. Tengo fama de galán de barrio y, a diferencia del gran escritor Julio Torri, quien era tenorio de sirvientas, yo soy tenorio de camareras y teiboleras, de plano.
“Era muy jovencita cuando te conocí, Jesús. Pero en ese tipo de ambiente, o maduras en un mes o te chingan todos o todas. Más ellas, las compañeras de trabajo. Siempre la pasé bien contigo. Y tú fuiste de los pocos clientes con los cuales acepté salir a comer o a cenar. Siempre has sido muy caballeroso. Desgraciadamente, perdimos el contacto, Jesús”.
¿Contar la historia de una prostituta en un texto? No es nuevo. Pero sí es una tarea muy ardua y debe ofrecer uno, como escritor, aristas insospechadas y buena prosa, alta prosa. ¿Cómo hacer pública la historia de la vida privada de Esther Alejandra? ¿Y mi Jazmín?
Caray, soy un galimatías hasta el día de escribir este texto. Pero dejo constancia y ofrezco mi palabra (es lo único que tengo, mi palabra de escritor y periodista): tengo ya tres, cuatro o cinco veces platicando con Esther… y no me he acostado con ella. Le tengo fidelidad a la güera Jazmín. Así de sencillo y complicado.
“Por cierto, Jesús, tuve una pareja estable un tiempo, pero la verdad no es lo mío. No es lo mismo. Primero son mis hijas. Mis hijas, las dos, trabajan y les va bien. Y eso es una bendición. Y fíjate, te voy a platicar algo muy íntimo, algo que nadie sabe: ahora que son mayores y tienen criterio, les platiqué que fui prostituta. Lloramos las tres abrazadas. Tal vez sea mi imaginación, pero cambiaron mucho. Ahora me ven diferente. Siento que me quieren y me respetan más”.
La literatura sobre vidas de cortesanas y/o prostitutas es amplia y variada.
Recuerdo, en mi época de adolescente descastado, a una autora, la cual vendía libros a pasto, Xaviera Hollander.
¿Cómo no citar aquí una buena obra de Gabriel García Márquez, “Memoria de mis Putas Tristes”? No recuerdo al autor/autora, tal vez sea anónimo, pero es “Memorias de una Cortesana”. Y, por supuesto, “Memorias de una Pulga”.
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“Recuerdo mucho cuando ya nos acostábamos, Jesús. Con frecuencia. Te dije muchas veces de ya no querer tu dinero; me interesabas tú, pero tú siempre me lo dabas. Esas cosas no se olvidan y se agradecen toda la vida. El dinero me sobraba. Siempre he sido guapa. Tú eras diferente, por eso ya no quería tu dinero. Por cierto, ¿sabes que me debes mucho? Ja ja. No te espantes, mira, cuando nos empezamos a acostar, te dije una cantidad… y siempre me diste el mismo dinero… cuando yo ya cobraba el triple…”.
A Esther Alejandra la conocí en un “table dance” regiomontano muy famoso y tiene razón, el lugar es de alta gama y caro. Al parecer, lo sigue siendo. ¿Me enamoré de Esther Alejandra en su momento? Sin duda, como me he enamorado de toda mujer la cual ha pasado por mis manos.
Y caray, siempre caigo en los versos de Gustavo Adolfo Bécquer; se los digo a las mujeres galantemente, pero el idiota soy yo cuando lo pongo en práctica: “Si tú me dices ven, yo lo dejo todo…”.
“Tengo todos tus regalos, Jesús. Tal vez no los recuerdas, pero tengo un juego de té muy bonito, dos relojes. Mira, no recuerdo marcas, pero aún me los pongo. Chalinas que me traías cada vez que ibas a Zacatecas, dos o tres botellas de mezcal que saben a rayos, ja, ja… Oye, Jesús, y tengo las batas de encaje que me regalaste. Hay un detalle. No recuerdo cuántas, pero varias eran justo a mi cuerpo de aquel entonces. Pero hay una, la blanca con encaje y toda transparente y corta, la cual me queda hoy a la medida de mi cuerpo. ¿La recuerdas? Mis caderas se ven bien paradas y, si me pongo tanga negra, resalta mejor…”.
“Hoy la traje en la maleta, ¿te gustaría vérmela puesta, Jesús? También traje unos tacones ya viejos, pero te gustaban mucho. No se me olvida. Vamos, si aceptas, te cuento la historia de un cliente que me contrataba para verme en su casa, sólo en su casa y en la recámara de su esposa. El tipo tenía dinero, pero al parecer su esposa más, y ella se la pasaba de viaje… es un decir. Pobre hombre, pocas veces me tocaba. Menos me cogía. Pero me tenía acostada en la recámara de su esposa… ¿Quieres que te cuente más? Anda, vamos a platicar a un hotel, al de siempre, y me pongo cómoda para ti, Jesús…”.
LETRAS MINÚSCULAS
¿Qué pinches diablos hacer? Continuará el próximo jueves…

JESÚS CEDILLO
Periodista, escritor y poeta, con más de 40 años en la legua cultural y explorando el mundo.
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
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