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Una novia rara II

Como que después del intercambio de información e incapacidad del viejito para mantener la serenidad y evitar cualquier confusión que generara pena, devaluación o burla.

Hubo de pasar un mes para que la viejita decidiera llamar nuevamente por el celular al viejito.

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Ya en un ambiente de serenidad, confianza e intercambio amistoso mutuo y de común acuerdo, aceptaron una salida a comer a conocido restaurante de mariscos, en una tarde invernal, lluviosa, eneblinada y fría (craso error), que al cabo y qué, ya no había nada que ocultar, ni quien amenazara, regañara, correteara o persiguiera a los susodichos.

En un desplante de  desfachatez, se platicaron sus experiencias, placeres, contenido onírico y satisfacciones del mes anterior, sugiriendo ambos de que solamente la compañía mutua era suficiente y que ya no estaban en edad para semejantes actividades y menos de andar haciendo papeles de quince añeros.

Ya satisfechos y después de una amena plática de amplio contenido multicultural y artístico, salieron por el coche, el cual había sido lavado por un indigente, quien exigía agresivamente un pago, al cual, la viejita airadamente se opuso y el viejito sin más extendió un billete de 100 pesos y algunas monedas ante la complacencia del indigente, quien aparte le hizo caras y gestos a la viejita en actitud burlona. 

Cuando arrancó el coche la viejita exigió: 

  • «Métete en el primer hotel qué veas»-
  • «¿En qué habíamos quedado?» dijo el viejito.
  • «Obedece» Contestó la viejita. 

Y pues, bueno, a quien le dan pan que llore, cruzando los rieles y un paso a desnivel preguntó el viejito:

  •  ¿»Aquí»?
  • «Es igual» Contestó la viejita. 

El ruco ni las manos metió, la viejita se sirvió con la cuchara grande, al punto de que el viejito ya no podía ni pensar, la gente consideró que iba a ocurrir una tragedia por lo que recopilaron datos de ambulancias por aquello de que «no te entumas».

Entraron a la habitación en tropel y la musculatura pélvica ya ni resistencia puso, de ahí en delante, todo fue coser y cantar (pa que no se oiga tan feo).

La viejita le dijo al viejito, veo dos demonios detrás de tí, y un animal parado en cada uno de tus hombros que me tiran picotazos, y con los ojos echando lumbre y la cara del indigente que te robó, «pos no li’hace, véngase mi chula, sírvase ora que hay», dijo el viejito ya emocionado y encarrerado. 

Al salir, ya entrada la noche, la mujer dijo lacónicamente «tú, lo que quieres es destruirme, acabar conmigo y con mi gloriosa y placentera vida, lo veo en tus ojos y tu actitud, ni me das para el juego y si te aprovechas de mí, ésto lo va a saber todo mundo y te vas a arrepentir»

Santo remedio, el viejito no volvió a contestar llamadas y la mujer hizo todo lo que estaba a su alcance (que, claro, nomas era mucho) para desprestigiar, devaluar, minimizar y hundir al ruco, quien, ni siquiera se despeinó los pocos cabellos qué le quedaban y ya no hubo quien le quitara las ganas a la viejita alborotada y calenturienta.

«Cada quien recoge (sin albur) lo que siembra».

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DR. DAVID MORALES

Médico Internista desde 1979 hasta la actualidad, jubilado. Regio dedicado a la investigación clínica, aficionado pasionalmente a la Salud y sucedáneos, el Rock and roll y el Futbol Americano.

Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx

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