Durante casi dos décadas, el mundo vivió en un entorno financiero de bajas tasas de interés. De hecho, en algunos países las tasas se redujeron hasta llegar a cero (durante la pandemia).
Este periodo de bajas tasas fomentó el crédito barato, valuaciones elevadas y financiamiento más accesible. El impacto positivo en las economías se observó en un crecimiento importante de la inversión (debido al menor costo de oportunidad), mayor consumo privado, y el impulso del sector bursátil.
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Sin embargo, este periodo ya terminó y hoy, los bancos centrales operan bajo un nuevo régimen de tasas de interés más altas. En México, este cambio estructural le está pegando fuertemente sobre todo en el sector financiero y el sector real.
La expectativa de recortes agresivos a la tasa de interés se ha disipado con un comercio global más proteccionista. El impacto de los aranceles a nivel global es inflacionario y le pega fuertemente al consumidor final.
Si a este factor le sumamos el reciente aumento de los precios de los energéticos, debido al conflicto entre EE.UU. e Irán, es probable que veamos presiones inflacionarias persistentes en el mediano plazo. Ante este entorno, la mayoría de los bancos centrales mundiales está siendo más conservadores y han detenido su proceso de relajación monetaria.
Para México, este entorno presenta varios desafíos. El primero es el crédito. Con tasas reales positivas, el financiamiento del sector privado (empresarial) sigue siendo muy caro, lo que frena proyectos de inversión y limita la capacidad productiva.
En un momento donde el nearshoring requiere de mayor inversión en infraestructura y en maquinaria equipo, el costo del crédito se convierte en un obstáculo.
El segundo factor es el fiscal. El costo de la deuda, que sigue elevándose, ya supera el gasto en salud y en educación, y se consolida como unos de los rubros que más crece. Con tasas elevadas, cada punto porcentual adicional de endeudamiento presiona al presupuesto y desplaza recursos que podrían destinarse a inversión pública, educación o infraestructura.
El tercer efecto es en las familias. Las hipotecas se mantienen elevadas, y los créditos personales y de nómina alcanzan niveles prohibitivos, donde las tarjetas de crédito alcanzan o superan tasas de interés de 60 por ciento anual. Esto reduce el consumo, limita la movilidad social y mantiene a millones de hogares fuera del sistema financiero formal.
El nuevo régimen de altas tasas de interés es estructural y no temporal. Para atacarlo, México debe fortalecer la competencia bancaria, desarrollar mercados de capital más profundos, mejorar la calidad del gasto público y elevar la productividad.
El mundo ya cambió y el dinero ya no es barato. Se necesitan estrategias para crecer en un entorno donde el costo del capital será, por muchos años, más alto de lo normal.

JESÚS GARZA
Es director general de Soluciones Financieras GAMMA, CEO de Miri Capital LLC e investigador no residente de Baker Institute en la Universidad de Rice. Tiene un doctorado en Finanzas y maestría en Economía Financiera, ambas por la Universidad de Essex en el Reino Unido.
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
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