El fracking, o fracturación hidráulica, es una técnica que ha transformado profundamente la producción energética, al permitir la extracción de gas y petróleo de formaciones rocosas profundas que antes eran inaccesibles. Gracias a este método, diversos países han incrementado su capacidad energética, reducido costos y fortalecido su independencia en este ámbito.
Sin embargo, estos beneficios no han estado exentos de controversia, ya que el fracking también implica riesgos significativos para el medio ambiente, la salud humana y la estabilidad social de las comunidades donde se implementa.
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Por ello, su evaluación no puede limitarse a criterios técnicos o económicos, sino que requiere un análisis ético profundo. En este sentido, las propuestas filosóficas de Jürgen Habermas, Karlotto Apel y Hans Jonas ofrecen herramientas clave para comprender los dilemas que plantea esta práctica en las sociedades contemporáneas.
Desde la perspectiva de Habermas, el eje central del problema no radica únicamente en determinar si el fracking es bueno o malo –simplemente no se encontraba dentro de su horizonte reflexivo como tal–, sino en el análisis de cómo se toman las decisiones respecto a su implementación. Su ética del discurso sostiene que una norma o decisión es legítima sólo si surge de un proceso de diálogo racional, libre e inclusivo entre todos los afectados; eso lo deberá tener muy en cuenta la administración actual. Lo curioso del caso es que es pernicioso o no, dependiendo de quién gobierna, y esto no puede ser. El problema es la manipulación del discurso.
Esto implica que no basta con que gobiernos o empresas determinen su viabilidad; es indispensable que participen también las comunidades locales, los científicos, las organizaciones ambientales y la ciudadanía en general. La exclusión de alguno de estos actores rompe las condiciones de igualdad necesarias para un diálogo auténtico, lo que deriva en decisiones éticamente cuestionables. De esta manera, el fracking no sólo plantea un problema ambiental o económico, sino también un desafío para la calidad de la democracia y la participación social; esto lo debería tener muy en cuenta la presidenta Claudia Sheinbaum.
Por su parte, Apel amplía esta visión al enfatizar la responsabilidad moral que emerge del hecho mismo de comunicarnos y argumentar. Según su planteamiento, toda acción que pueda afectar a otros debe ser justificable ante una comunidad ideal de diálogo, en la que todos los involucrados puedan cuestionar y evaluar las decisiones. En el contexto del fracking, esto obliga a quienes lo promueven a preguntarse si sus argumentos resistirían el escrutinio de todas las personas afectadas, especialmente de aquellas que enfrentan directamente sus impactos negativos, como la contaminación del agua o la degradación de su entorno. Además, Apel introduce una dimensión global al debate: los efectos del fracking, como las emisiones de gases de efecto invernadero, no se limitan a un territorio específico, sino que contribuyen a problemas globales como el cambio climático. Por ello, su evaluación ética debe considerar no sólo los beneficios locales e inmediatos, sino también sus consecuencias para la humanidad en su conjunto.
Finalmente, Hans Jonas ofrece una de las reflexiones más contundentes para abordar este tipo de dilemas en la era tecnológica. Su ética de la responsabilidad parte del reconocimiento de que el poder de la tecnología moderna es tan grande que puede generar daños irreversibles en el planeta. Frente a esta realidad, propone el principio de precaución: cuando existe la posibilidad de consecuencias graves o irreparables, es necesario actuar con extrema prudencia, incluso si no se cuenta con certeza científica absoluta.
En el caso que nos ocupa, esto significa que los posibles riesgos ambientales y sociales deben ser tomados muy en serio antes de autorizar su expansión. Jonas también introduce una dimensión temporal fundamental: la responsabilidad hacia las futuras generaciones. Desde esta perspectiva, surge una interrogante ética central: ¿es legítimo obtener beneficios presentes si ello implica comprometer la calidad de vida o el entorno de quienes aún no han nacido?
En conjunto, las aportaciones de estos tres pensadores permiten aterrizar el debate ético del fracking en tres exigencias fundamentales. En primer lugar, la necesidad de garantizar una participación democrática real en la toma de decisiones, donde todas las voces sean escuchadas en condiciones de igualdad. En segundo lugar, la obligación de justificar moralmente las decisiones ante todos los afectados, incluyendo a la comunidad global que también sufre las consecuencias ambientales. Y, en tercer lugar, la importancia de actuar con prudencia y responsabilidad frente a los riesgos tecnológicos, considerando no sólo el presente, sino también el futuro del planeta.
En conclusión, el fracking no puede ser evaluado únicamente en términos de eficiencia económica, viabilidad técnica o conveniencia gubernamental. Su legitimidad depende de factores éticos que involucran la justicia, la participación, la responsabilidad y la sostenibilidad. A través del pensamiento de Habermas, Apel y Jonas, es posible comprender que las decisiones sobre el uso de esta tecnología deben ir más allá del interés inmediato y considerar sus implicaciones a largo plazo. De este modo, el fracking se convierte en un claro ejemplo de los desafíos éticos que enfrenta la humanidad en una época marcada por un enorme poder tecnológico, donde cada decisión tiene el potencial de afectar no sólo a las sociedades actuales, sino también al futuro del planeta.
Las razones son simples: en el ecosistema global, todo acto contaminante repercute en otras personas del presente, porque es injusto legar a las próximas generaciones un mundo contaminado y degradado; por tanto, nuestro compromiso será heredar un mundo mejor que el que hemos recibido. Esperemos el consenso y el diálogo al respecto, a través de los mecanismos democráticos con los que contamos. Así las cosas.

FELIPE DE JESÚS BALDERAS
Es Maestro en Ética Aplicada y Doctor en Estudios Humanísticos por el Tecnológico de Monterrey. Licenciado en Filosofía y Letras, con una Maestría en Educación Superior por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Cuenta con una especialidad en Moral y Justicia por la Universidad Pontificia de México (UPM). Especialidad de Ética Aplicada a las Profesiones en Loyola University (Estados Unidos). Especialidad en Ética Social y Fundamental en la Universidad de Deusto (España). Especialidad en Ética Social y Profesional y estancia de investigación en la Universidad de Valencia en España.
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
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