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La nueva Xóchitl

Uno tiró por la borda la oportunidad de pasar a la historia como líder; no solo de la alternancia, sino de la transición política, y admitió su intervención en las elecciones de 2006 para impedir el triunfo del candidato de izquierdas. El otro —beneficiario de la trama — celebró su ascenso al poder sin reparar en los medios; y hoy, sin dejo de rubor, justifica la guerra contra el narcotráfico que hundió al país en una espiral de violencia sin fin.

Los expresidentes rivales se presentan ahora como demócratas; sin embargo, sus actos los desmienten. Ávidos de reflectores y de ser tomados en cuenta, la obcecación de Vicente Fox у Felipe Calderón les hace creer que pueden influir en la sucesión presidencial de 2030.

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Los únicos que no parecen percatarse de su grado de toxicidad son ellos. Fox supuso que su condición de exjefe de la candidata del PAN-PRI-PRD a la presidencia, Xóchitl Gálvez, le daba derecho a marcar su agenda en dos puntos específicos: 1. Cancelar los programas sociales y la pensión a los «huevones». «A trabajar, cabrones», remató; y 2. Restituir a los expresidentes las pensiones millonarias canceladas por el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Gálvez replicó que ni una cosa ni otra, al contrario, pidió al lenguaraz abstenerse de opinar para no perder apoyo popular. La campaña de la exsenadora nunca prendió y la mayor parte de los votos que perdió fueron para Claudia Sheinbaum.

¿Cómo pretende Calderón pontificar sobre democracia después de un triunfo fraudulento avalado por el Instituto Federal Electoral, los grupos de presión, la jerarquía católica y las buenas conciencias? Su estrategia de seguridad devino desastre.

Combatir a los cárteles de la droga con un subordinado de la entonces organización criminal más violenta y poderosa explica la crisis actual, agravada, sí, por la incompetencia del Gobierno federal para afrontar al fenómeno de mil cabezas. La debacle empezó en el sexenio calderonista, por los pactos de García Luna con el cártel de Sinaloa, no tanto en los abrazos de AMLO.

Fox, Calderón y los grupos de interés han descubierto en la Gobernadora de Chihuahua, María Eugenia Campos, a su nueva Xóchitl.

Llamar a las puertas de Palacio Nacional para acceder a una de las ruedas de prensa matutinas de AMLO, con el peregrino pretexto de ejercer su derecho de réplica, lanzó al estrellato a Gálvez. La catapulta de Campos es un escándalo: el operativo encubierto de la CIA en la entidad que gobierna a base de impulsos y golpes mediáticos.

EI PAN de Chihuahua no es el mismo que el de Luis H. Álvarez y Francisco Barrios, auténticos cruzados por la democracia. El móvil de la Gobernadora es personalista: salir del embrollo —la intervención de Estados Unidos en territorio nacional— como víctima y entrar a codazos a la carrera presidencial, aún lejana.

El perfil de Campos no puede ser más atractivo para los grupos políticos, las élites, los opinadores anti-4T y los sectores que pretenden recuperar prebendas. El equivalente masculino de la Gobernadora de Chihuahua sería Enrique Peña Nieto, un Presidente manipulable y al servicio de la oligarquía. El disgusto con López Obrador y Claudia Sheinbaum, además de por los problemas no resueltos —y los agravados— es por haber hecho a un lado esos intereses y sujetarse a una agenda contraria al modelo neoliberal donde los pobres estaban condenados a la marginalidad.

Ante la falta de liderazgos sólidos y fraguados en las luchas sociales y políticas, las oposiciones y los poderes fácticos inflan hoy a Campos como ayer lo hicieron con Galvez.

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Gerardo Hernández

GERARDO HERNÁNDEZ es periodista desde hace más de 40 años en Coahuila. Director General de Espacio 4.

Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx

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