– Jesusito, ¿te puedo hacer una pregunta?
– Sí, Jazmín, todas.
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– Te noto distante. Como la vez anterior. Pero ahora es diferente, flaco. No sé cómo decirlo. Hoy te siento conmigo y aquí. Pero no sé, las dos últimas ocasiones, y sobre todo ésta, te noto triste, muy triste. ¿Estoy bien o estoy mal? Si quieres contarme.
– Es cierto, güera, estoy triste. Eso me pasa. Nada más.
– ¿Y qué pasó? ¿Lo puedo saber?
– Claro. Ayer murió mi amigo y hermano, el profesor Martín Martínez Ávalos, y me ha dolido en el alma, bella Jazmín. En el alma y en los huesos.
– ¡Ay, Jesús Cedillo! No me digas eso, ¿cómo que ayer murió? ¿Qué pasó, de qué murió tu profesor? ¿Era más grande de edad que tú el señor profesor? ¿Sufrió un accidente?
– Mmm, mira, güera, murió hace días o semanas. No lo sé. Pero para mí, la gente querida siempre muere ayer. Así de simple. Y sí, era mi profesor. ¿De qué murió? No lo sé, güera. Era más joven, Jaz: tenía 58, 59 o 60 años, no lo sé. Yo tengo 61; él siempre fue y era más joven. Siempre. Corría medio maratón y era un académico y padre ejemplar.
– ¡Ay, Jesús! Estás a punto de llorar. A ver, ven aquí, trae tu silla, dame tus manos, las voy a tener en las mías, yo te cuido, flaco. Tranquilo. ¿Cómo no vas a saber de qué murió? ¿Y su edad exacta? ¿Estaba malo de algo que no sabía él o su familia? Si era profesor, pues tenía servicio médico.
¿Por qué no se checó a tiempo? ¡Ay! Perdóname por tanta pregunta. Mira, cuéntame lo que sepas, lo que quieras y, si te parece, vamos a brindar por él, por su amistad y porque fue un hombre recto y formal. Y mira que ese tipo de hombres ya no hay, rectos y formales ya no hay. Tú eres algo similar, Jesusito…
Los dos soltamos al unísono una risotada franca y atronadora. El silencio se evaporó con el chasquido del brindis en honor a mi hermano Martín. Volvimos a brindar y empecé a contarle de él. Ella empezó a preguntar más. Fue cuando le dije a Jazmín una frase la cual he ido puliendo en mi memoria a fuerza de tanta y tanta muerte en mi panteón particular: “Mira, güerita, mira, Jazmín. Una persona realmente muere cuando dejamos de pensar en ella. Estar muerto es intrascendente. Todos vamos a morir. ¿Pero seremos recordados? ¿Bien o mal? Martín Martínez Ávalos no ha muerto ni ha partido, porque sigue vivo en mi corazón, en mi mente y en mis letras. Así es hasta que yo muera, Jazmín…”.
– ¡Ay, Jesusito, qué cosas tan lindas dices! Mira, baboso, ya me hiciste llorar. Ja, ja, ja. A ver, animal, vamos por partes. Tú te mueres y yo voy por ti al pinche infierno. No me salgas con que te voy a hallar en el paraíso. Tu profesor ya está allá, pero tú, Jesusito, jamás, tesoro. Jamás. Ni te vas a morir ni me dejas, ¿estamos? ¿Ok?
¿Por qué le hablo de muerte a esta niña/mujer de insultantes 24 años de edad? Tal vez por eso, porque la muerte a todos llega. Temprano o tarde. Tarde o temprano. Y claro, uno como viejo es más susceptible y quebradizo por lo siguiente: la cuerda de la vida está más tensa y en cualquier momento… ¡Plof! Se rompe y todo, todo lo planeado y anhelado se va al caño del olvido.
ESQUINA-BAJAN
Por cierto, he releído con placer, como siempre, un opúsculo del escritor para escritores, Marcel Schwob, “La Cruzada de los Niños”. Alrededor de 700 niños procedentes de Alemania y Francia, quienes escuchan voces angélicas (¿Dios mismo?), son incitados a cruzar desiertos y bosques, ciudades fortificadas y peligros sin fin, hasta atravesar la mar infinita, llegar a Jerusalén y liberar el “Sagrado Sepulcro” en manos de los infieles.
Sobra decirlo: los niños de aquella época no sabían leer ni escribir. Muchos ni hablaban. Otros estaban ciegos; no tenían para comer, andaban en harapos y descalzos, pero iban por un dictado de ¿Dios o del diablo? En busca de ¿paz, tranquilidad, redención o venganza? Una obra harto perturbadora, la cual me ha hecho temblar la piel y el esqueleto.
¿Le suena parecida la historia? Pues sí, es la de “El Flautista de Hamelín”. El problema es que aquí quien habla es, en teoría, el mismísimo Dios. Y como el clásico flautista, los conduce como cerdos o ratas al matadero de la historia y de la ficción. Pero me ha impactado cuando Schwob hace hablar al papa Inocencio III: no en su portentosa basílica, sino en su capilla, desde su atalaya de viejo gordo entregado a los placeres de la abulia. Genial.
– A ver, Jesús Cedillo. A ver, escritor. Me la he pasado bien como siempre contigo. Gracias. Pero te debe quedar clara una cosa: tú te vas a morir si yo quiero y cuando yo diga. Ni antes ni después, ¿Ok? Siento lo de tu profesor y mira que no lo conocí. Pero usted se queda aquí y conmigo. Toma el tiempo que quieras. Yo te espero. Pero tú te quedas aquí y vas a hacer lo que yo te diga. ¿Estamos, escritor? De entrada. Al rato me voy a mi casa. Tú a la tuya. Pero mañana vienes a mi trabajo de nuevo, pasas por mí y te voy a invitar yo, escúchalo, yo. Y nos vamos a emborrachar en honor a tu querido profesor, ¿estamos?
LETRAS MINÚSCULAS
Como dice Joaquín Sabina, jamás digo que no a la próxima copa ni al próximo bar. Contesté: “Lo que usted diga, güerita, siempre…”.
Continuará.

JESÚS CEDILLO
Periodista, escritor y poeta, con más de 40 años en la legua cultural y explorando el mundo.
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
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