Hay realidades silenciosas que no irrumpen de golpe, sino se filtran y con el tiempo se vuelven paisaje. El racismo en México es una de ellas: no siempre grita, a veces apenas susurra y justo por eso ha logrado quedarse tanto tiempo.
Nos gusta pensarnos como un país orgulloso de su diversidad. Y lo somos. Basta mirar nuestra historia, nuestras lenguas, nuestros rostros. Pero también es cierto que, desde siglos atrás, nos enseñaron a ordenar esa diversidad como si fuera una escala. A colocarla en niveles. A asociar valor, belleza o capacidad con el tono de piel, el origen o incluso el acento.
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No es una idea nueva. Viene de lejos. Durante la época colonial, el sistema de castas clasificaba a las personas según su mezcla de orígenes: español, indígena, africano. Y más que una etiqueta, era una estructura de poder. Determinaba qué podías estudiar, a qué podías aspirar, incluso cómo eras tratado. Con el paso del tiempo y el avance de la civilización, esas categorías desaparecieron de los documentos, aunque no del todo de la cultura.
Hoy no hablamos de castas, pero las consecuencias siguen ahí. De acuerdo con estudios recientes, las personas con tonos de piel más claros tienen, en promedio, mayores oportunidades y mejores ingresos. No es casualidad. Es la inercia de siglos operando en silencio.
El racismo en México no es abstracto. Se traduce en posibilidades desiguales, en puertas que se abren con facilidad para unos y se resisten para otros. Se cuela en bromas, en comentarios aparentemente inofensivos, en decisiones cotidianas. Se disfraza de costumbre. Y así, sin que lo notemos, se normaliza.
Y sin embargo, hay un dato que rompe cualquier intento de justificación: los seres humanos compartimos el 99.99% de nuestro material genético. En sentido estricto, no hay razas. Hay una sola: la humana. Todo lo demás es una construcción social que aprendimos y que también podemos desaprender.
Ahí está el punto de quiebre. Lo que no se nombra, se normaliza. Y lo que se normaliza, se perpetúa.
Hablar de racismo regularmente incomoda porque nadie se considera racista. Obliga a mirar hacia atrás, pero también hacia adentro. A reconocer que no es un problema de “otros”, sino un sistema del que, en mayor o menor medida, todos somos producto. Y esa es, paradójicamente, la buena noticia: si todos participamos en su reproducción, todos podemos participar en su transformación.
La igualdad no se consigue por decreto. Se construye paso a paso, en cada decisión, en cada palabra, en cada espacio que incluimos o excluimos.
Para mí, la diversidad de nuestro México no es un problema, al contrario, es lo que nos hace grandes y únicos, es una gran oportunidad de enriquecimiento cultural y económico: son los países más cosmopolitas los que se han constituido en grandes potencias.
El racismo no solo hiere a quienes lo padecen. También limita lo que podemos ser como sociedad. Y un país que aspira a ser más justo, más fuerte y más próspero, no puede darse el lujo de condenar su propia diversidad.
La semana pasada iniciamos un diplomado en Racismo. Me dio gran gusto lo nutrido de su inscripción. Ojalá que juntos podamos erradicar esa práctica silenciosa que corroe las entrañas de nuestro tejido social.

Enrique Martínez y Morales
ENRIQUE MARTÍNEZ Y MORALES es empresario, economista y politólogo con extensa carrera en el servicio público tanto federal como estatal en Coahuila.
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
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