Haría falta ser muy mezquino para no alegrarse por los dos triunfos obtenidos hasta ahora por la Selección Mexicana de Futbol en el Mundial. Haría falta ser extraordinariamente mezquino para no sumarse a la legión de quienes ansían ver a nuestra oncena derrotar a Chequia el miércoles próximo y cerrar así con tres victorias la fase de grupos de dicho torneo.
Y no hace falta ser aficionado asiduo al deporte de las patadas para sentirse convocado a participar en las reuniones familiares, de amigos, de compañeros de escuela, de vecinos, o de cualquier otro tipo, convocadas para presenciar los partidos y emocionarse con los goles de nuestros seleccionados.
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Lo anterior, por cierto, aplica para los individuos de cualquier nacionalidad. No importa lo modesto del seleccionado ni sus amplias o escasas posibilidades de concretar una participación destacada: toda persona se siente impelida a sumar su voz a los coros de apoyo en favor de su selección.
Porque el futbol, como muy pocas otras cosas en el mundo, concita el sentido de pertenencia a un territorio y provoca el orgullo nacionalista.
Esa es la materia prima con la cual ha construido su imperio depredador la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), una organización teóricamente altruista, pues no es en estricto una empresa sino una asociación privada sin fines de lucro.
Lejos de su definición legal, la FIFA se comporta como un autentico imperio supranacional y utiliza el poder del deporte para imponer groseras reglas incluso a los estados nacionales cuyos gobiernos no tienen margen alguno: o se rinden sin condiciones ante las reglas unilaterales de los dueños del deporte o quedan excluidos de la fiesta.
Así, la FIFA impone nombre a los estadios, establece las reglas a partir de las cuales deben operar estos, hasta el extremo de decidir el tipo de alimentos y bebidas susceptibles de consumirse en su interior. También comercializa a su arbitrio los boletos o, en el más autoritario de los lances registrados en el Mundial de este año, se atreve a prohibir el uso del idioma español en las conferencias de prensa por ellos organizadas.
Y no solo eso: también obliga a las autoridades, como ha sido el caso de México, a la difusión de campañas de auténtico terrorismo para impedir a establecimientos comerciales, como restaurantes o bares, a abstenerse de proyectar en las pantallas de sus establecimientos, so pena de ser objeto de millonarias multas, los partidos del Mundial.
No pretendemos en este espacio el surgimiento de un mundo sin reglas. Tampoco escapa a nuestra entendimiento la existencia de altísimos costos económicos para la organización de un evento de estas características. Pero lo de la FIFA es de una prepotencia insultante, inadmisible.
Porque aprovechando la pasión planetaria por el deporte inventado por los ingleses en la segunda mitad del siglo 19, han construido un auténtico imperio para el cual lo único importante es el lucro, las ganancias económicas. El señor Gianni Infantino se parece más a un dictador y mucho menos al embajador de una cultura deportiva cuyos esfuerzos estén orientados a convertir al nuestro en un mundo mejor.
Los estados nacionales, los gobiernos cuyo faro es la democracia, deberían reaccionar ante la consolidación de un esquema como éste, en el cual una plutocracia minúscula medra con el sentido nacionalista de los pueblos del mundo y les impone reglas mediante las cuales se ha convertido a un deporte popular en un espectáculo al alcance de solo unos pocos.
Nadie se confunda: no estoy en contra del futbol ni de la celebración de los mundiales. Solamente me parece indignante la forma como la FIFA ha literalmente expropiado el cimiento de emociones sobre el cual se construyó le fiesta deportiva más importante del planeta.
¡Feliz fin de semana! @sibaja3

Carlos Arredondo
CARLOS ARREDONDO es periodista desde hace 30 años. Actualmente es Subdirector Editorial de Vanguardia, en Saltillo. Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx