Mis conversaciones con migrantes que cruzaron la frontera letal retornan a mi cabeza como un boomerang, una y otra vez, a pesar del paso del tiempo y de mi voluntad de olvidar.
Siempre vuelvo al desierto, a la falta de comida y agua, a los animales que acechan, a las caminatas sin horizonte en medio de un sol incandescente que quema como el odio de Dios.
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Vuelvo a los huesos humanos mezclados con los de animales, esparcidos por el viento. A la mujer que cayó en un hoyo lleno de huesos, cavado por algún buen hombre que quiso darles cristiana sepultura.
Al señor que le dio lo último que le quedaba de agua a alguien que estaba muriendo de deshidratación ante sus ojos atónitos. A los jóvenes que cargaban a las mujeres de pies destrozados, a las que tuvieron que abandonar a su suerte vencidos por el cansancio, en medio de llanto y gritos histéricos que los acompañan todas las noches.
En medio de esos horrores extremos, los simples actos de caridad, cuidado y solidaridad son lo único que tiene sentido.
Ojalá estas imágenes que parecen la antesala del infierno pertenecieran a un pasado extraviado, pero en realidad son un anticipo del futuro distópico que nos engulle cada día.
REFLEXIONES INÚTILES
Reflexiones inútiles… En el modelo corporativo estadounidense de la universidad neoliberal, los estudiantes son clientes y hacen reviews de sus profesores-proveedores de servicio.
Semestre tras semestre, es común que los estudiantes de derecha y ultraderecha que por lo general no participan en clase y cuyo performance es malo o mediocre, destilen su veneno en las evaluaciones a profesores, quejándose de que estos son woke, imponen ideología de género, no admiten puntos de vista contrarios y, dios nos libre, son comunistas.
Se describen a sí mismos como víctimas de censura, pese a que nunca se mostraron a sí mismos como conservadores. Estos seres oscuros y cobardes, incapaces de defender sus ideas en el salón de clase, son usados por el gobierno como pretexto para desmantelar el sistema de educación superior.
Las libertades académicas están muriendo ante nuestros ojos para dar paso a una era de censura de todo pensamiento progresista, donde la expectativa es que los profesores admitan las ideas fascistas como legítimas en lugar de cuestionarlas y rechazarlas intelectual y moralmente.
Hace varios años, cuando pensábamos que el mundo viraba hacia una dirección más progresista, no le dábamos importancia a la existencia de esos seres de tinieblas, organizándose en el inframundo para conquistar el mundo a través de las elecciones.
Esta minoría silenciosa, más o menos organizada o, por lo menos, coordinada ideológicamente, está tomando el poder en todos lados por su alianza con los tecnofascistas.
Son los cobardes de siempre, los que en un salón de clase no pueden ganar un debate bajo ningún estándar científico, intelectual o moral, los que no se atreven a decirte en tu cara que eres de una raza inferior, los que se cubren la cara para asistir a sus marchas nazis o del KKK, los que quieren destruirlo todo pero sin que nadie se entere que son ellos los arquitectos de la destrucción.
Son una punta de pusilánimes abyectos. Lo mejor que podemos hacer es desenmascararlos.

Adela Cedillo
Doctora en Historia de América Latina por la Universidad de Wisconsin-Madison Es licenciada en Historia y maestra en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado artículos en revistas indexadas y de divulgación y capítulos en obras colectivas sobre la guerra sucia mexicana, las organizaciones armadas revolucionarias, los derechos humanos y la guerra contra las drogas. Tw @Eliseirena
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autora, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
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