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Café Montaigne 407

Gracias por atender estas letras. Me siguen llegando hartos comentarios y apostillas de este tema: vejez y literatura. Literatura y vida. Mi vida en la vejez y la literatura. Y claro, aderezado lo anterior en el ocaso de mi existencia, con la presencia del par de musas, las cuales ahora me acompañan: la güera Jazmín y la bella, rotunda y madura Esther Alejandra. Cada una, en su área de parcela de vida, un manjar de dioses.

A ninguna le he faltado el respeto al día de hoy. Espero seguir así indefinidamente. ¿Para usted, señor lector, qué es o debería ser la vejez? ¿Para usted qué es o debería ser la juventud? No pocas veces se critica a los infantes por perder el tiempo. Caray, pues eso es talento, frivolidad y genio al mismo tiempo. Es decir, ellos, y nadie más, deben reaccionar y utilizar esa, digamos, “pérdida de tiempo” en un bien mayor.

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Me niego a creer, en lo particular, que este estadio de la vejez sea lo que Edmund Husserl deletreó como “las cenizas del gran cansancio”. Me niego a estar cansado y sentarme a ver cómo pasa la vida y se acaba el mundo, mi mundo y mi vida, claro. Y el mundo, si usted cree en la Biblia, siempre seguirá: jamás terminará; continuará rodando, al parecer, eternamente.

Si va a ser infinito, pues es necesario y obligado arrancarle una tajada de esa eternidad. A cualquier edad. Se les critica a los jóvenes su falta de responsabilidad. Tal vez no sea eso, sino que están adquiriendo las posibilidades y el aprendizaje para la madurez de su vida adulta para, precisamente, adquirir responsabilidades. Lo dijo en un aforismo afortunado el escritor Robert Musil: “Si existe el sentido de la realidad, debe existir también el sentido de la posibilidad”.

Y las posibilidades son infinitas en el caso de los niños y adolescentes. Por lo cual, aunque suene trillado, hay que ayudarles y acercarles las herramientas necesarias. El genio no nace (muy de vez en cuando, es algo excepcional), se hace; se forja diario, se necesitan horas, días, semanas, meses y años de estar en constante lucha para lograr la gran y plena obra de arte. En una carta a su padre, Mozart le dice de su puño y letra: “La gente comete un tremendo error cuando piensa que mi arte me ha llegado con facilidad. Nadie ha dedicado tantísimo tiempo y pensamiento como yo a la composición”. ¿Lo nota? El genio se crea a diario, no nace.

Pero hoy, para desgracia de todos, nuestros jóvenes se muestran perdidos en ese mar de ilusión llamado Internet y redes sociales. Y cuando amanecen muertos en el mundo real, al despertar, es absolutamente brutal. Acaba de pasar una vez más, el pasado 29 de julio, cuando un joven de apenas 29 años, enfermero él, Aarón Camacho, murió envuelto en llamas dentro de su auto tras estar en una fiesta donde consumió bebidas alcohólicas.

Repito, era enfermero y la comunidad médica expresó sus condolencias en eso llamado “redes sociales”. Pero nadie va ni fue al meollo del asunto: la ingesta brutal de alcohol, no sólo los fines de semana, sino siempre.

ESQUINA-BAJAN

El pulso de la ciudad se mide por sus acontecimientos en apariencia triviales; lo he escrito antes y con frecuencia. Las grandes epopeyas donde se mide la temperatura de la localidad y el verdadero carácter de sus habitantes no son el cabildo local y mucho menos las lustrosas gradas y curules del Congreso del Estado.

No. La verdadera y real temperatura de sus habitantes se mide en la calle, en sus manifestaciones, en sus discusiones, en la cantina o en el café de la esquina, donde todo mundo trata de arreglar el mundo (reducido a la ciudad, claro)… o desarreglarlo.

Aún no hemos salido del todo de la resaca de la muerte del perro tieso llamado “Rocky”, el cual “conmovió” (lo que eso signifique) a medio Saltillo; aún no salimos de ello, digo, cuando una verdadera tragedia (como suceden a diario) se hizo presente, y una y otra vez puso en el tapete de la discusión el flagelo de los jóvenes (y los no tanto) en la ciudad y en el país: la ingesta cruenta y despiadada de alcohol. Hasta morir, pues. La tremenda muerte del enfermero antes deletreado.

Tengo una constante en mi vida: mis autores favoritos son, por lo general, alcohólicos; su genio está emparentado con la locura, son excéntricos y no pocas veces exiliados de sí mismos. Varios al azar: Charles Baudelaire murió en la locura y atado al potro de las adicciones; Francis S. Fitzgerald falleció por tanto alcohol en las venas; Ernest Hemingway se suicidó, pero antes lo bebió todo. Los escritores y poetas habitamos “las garras del amor, los venenos del antro…”.- Baudelaire. Grave y delicado el problema de salud pública llamado alcoholismo.

Edgar Allan Poe (1809-1849). Siempre aparece este escritor. Debo tener el 90 por ciento de su obra escrita. El problema, como siempre, es uno: no la encuentro al momento de redactar esta nota. Lo estoy releyendo para un buen ensayo sobre su vida y obra. Pero estoy revisando recopilaciones y antologías. En estos días debo encontrar sus cuentos completos.

En las páginas de “El Gato Negro”, una de sus piezas perfectas y más celebradas, reconocemos el poderío de Allan Poe al haber dejado tatuado lo siguiente a fuego lento.

LETRAS MINÚSCULAS

Lea: “¿Qué enfermedad se puede comparar con el alcohol?”. Desgraciadamente, una vez más se ha cumplido su aforismo lapidario. Igual para ancianos y jóvenes.

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JESÚS CEDILLO

Periodista, escritor y poeta, con más de 40 años en la legua cultural y explorando el mundo.

Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx

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