Las redes sociales no buscan necesariamente la verdad; buscan atención. Premian lo emocional, lo impactante y aquello que confirma nuestros propios prejuicios.
Hubo un tiempo, como dirían los abuelos, en que para señalar a un culpable hacía falta tener pruebas. Hoy basta un video de tres minutos, un clip en TikTok, un Reel o un hilo en X para que la opinión pública, esa que se cree juez, condene o aplauda a una persona, y es que las redes sociales pueden fabricar villanos o sembrar dudas antes de que la autoridad abra una carpeta de investigación.
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Hace unos días volvió a quedar claro. Un maestro, señalado por una alumna por presunto abuso, publicó un video negando las acusaciones, exhibiendo a la joven y amenazando con desvivirse. En cuestión de horas las redes hicieron lo suyo: algunos lo declararon inocente porque según ellos, se notaba que decía la verdad; otros lo condenaron porque hay maestros que sí han abusado. Dos narrativas enfrentadas que buscan conquistar la opinión pública.
El problema es que las redes sociales no buscan necesariamente la verdad; buscan atención. Premian lo emocional, lo impactante y aquello que confirma nuestros propios prejuicios. Y como mercadóloga sé que sólo basta un video bien producido, una historia convincente o una frase poderosa para que miles de personas tomen partido, pero la realidad siempre es muy diferente.
Hace más de un año el mundo conoció el caso de Gisèle Pelicot. Todo comenzó por un delito que parecía menor: Su esposo fue detenido por grabar debajo de las faldas de varias mujeres en un supermercado. Si alguien hubiera preguntado entonces quién pondría las manos al fuego por ese hombre, probablemente la respuesta habría sido su esposa, su familia, sus amigos, y es que nadie imaginaba lo que vendría después.
La investigación reveló una historia mucho más oscura: durante años había drogado a su esposa para abusar sexualmente de ella y permitir que decenas de hombres hicieran lo mismo mientras él grababa los hechos, entre los hombres acusados y condenados había médicos, enfermeros, bomberos, policías, empleados, transportistas, jubilados y otros profesionistas. Eran hombres de distintas edades y ocupaciones, muchos de ellos con una vida aparentemente normal. Y la verdad no salió a la luz por rumores en internet ni por un video viral, sino por una investigación.
Ese caso nos recuerda algo incómodo: muchas veces creemos conocer a las personas hasta que aparecen las pruebas.
A lo largo de mi vida laboral conocí personas que me hicieron entender lo fácil que es construir una imagen completamente distinta de quienes realmente son.
Trabajé en un edificio de coworking, de esos donde en un mismo piso conviven varias empresas. Había un hombre que parecía el retrato de la respetabilidad. Siempre impecablemente vestido, muy educado. Nunca he sido buena para detectar las malas intenciones de las personas y, además, él proyectaba una imagen difícil de cuestionar: llevaba un escapulario, se persignaba antes de probar los alimentos y usaba un rosario como pulsera.
Los viernes se organizaban desayunos de networking y, en un par de ocasiones, compartí mesa con él. Cuando había desconocidos presentes era impecable, pero cuando la conversación quedaba entre personas de confianza, soltaba comentarios como: «Si te das cuenta de que le gustas a una chava, te quedas para ver qué le puedes sacar», seguido de risas. Claro que me incomodé, pero no imaginé lo que vendría después.

La semana siguiente todo el piso hablaba de lo mismo. El hombre era casado y había convencido a una chica de administración de prestarle 150 mil pesos, ella creía ser la novia y el dinero lo tomó de la empresa. El individuo nunca volvió, desapareció con el dinero.
Por eso quizá el verdadero acto de responsabilidad social no consiste en elegir un bando a los cinco minutos, sino en aceptar que no sabemos todo. Que hay investigaciones que deben seguir su curso. Que la presunción de inocencia y el derecho de las víctimas a ser escuchadas no son enemigos, sino principios que pueden y deben coexistir.
En estos temas no todo es blanco o negro. Hay hombres que cometen delitos atroces y hombres inocentes acusados injustamente. Hay mujeres que dicen la verdad y mujeres que mienten. Generalizar hacia cualquiera de los dos lados sólo nos aleja de la justicia.
Por eso las redes sociales son un arma de doble filo porque democratizaron la posibilidad de contar historias, denunciar abusos y exigir justicia, pero también nos acostumbraron a emitir sentencias desde el teléfono celular.
Y sí las plataformas digitales seguirán siendo el escenario donde se disputa la opinión pública. La pregunta es: ¿queremos ser parte del jurado digital o si llegaremos a ser ciudadanos capaces de esperar a que los hechos hablen por sí solos?.
Porque un video puede hacerse viral en horas. La verdad, casi siempre, tarda mucho más.
Porque en tiempos donde un código invisible decide qué vemos y nos hace creer qué piensa el mundo, la opinión más valiosa sigue siendo aquella que nace de la reflexión y no de la presión social.
Todos los comentarios son bienvenidos a vaes.comunicazion@gmail.com
Nos leemos la próxima vez. Hasta entonces.

Verónica Valencia
VERÓNICA VALENCIA GÓMEZ es periodista especializada en Tecnologías de la Información, cuenta con una maestría en marketing digital. Es consultora de comunicación y mercadotecnia en Vaes Comunicación. Ha trabajado en periódicos como Grupo Reforma, Milenio y El Mañana de Reynosa.
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autora, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
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