La vejez cansa. Sin duda. No es cuestión de mostrar buena cara y el mejor talante; sencillamente, la vida se va. Se agotan las energías, menguan las fuerzas de acometer grandes tareas y sí, llegan las escalofriantes enfermedades de las cuales nadie escapa. Nadie.
No es cuestión de mostrar buena cara, es simplemente ley de vida. Por lo anterior, muchos hartos comentarios me han llegado con motivo de dos textos anteriores donde aquí y a vuelapluma he abordado la ingrata muerte de mi hermano y profesor, don Martín Martínez Ávalos. Sí, quien ya descansa en la eternidad.
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Los humanos tenemos una costumbre, la cual jamás se nos quita y nunca se nos va a quitar: envejecer y morir. Y lo peor, ya no hace falta envejecer para morir. No, ahora mueren los jóvenes muy jóvenes. Se matan entre ellos, los asesina el crimen organizado o se suicidan. Fallecen alcoholizados, en accidentes de motonetos o drogados. En fin, decenas de formas de perecer de la juventud perdida.
Hay un bello y perturbador poema de José Emilio Pacheco. Bueno, todos sus poemas y textos lo son. Se llama “La Señora V.”, es un buen texto, el cual se cumple como metáfora poderosa de la muerte, de la vida, de la vejez y de la inmediatez y soplo efímero de esto llamado existencia. Al inicio escribe: “De nada sirve hablar de serenidad,/ forjarse ilusiones/ de trascendencia o de supervivencia…”. Dicho personaje, la Señora V, nos cuenta versos adelante… “Se hizo presente en un instante. Viene a llevarse todo lo que fui. Me nubla la vista,
Me borra la memoria,
Me quita el sueño,
Me hace más torpe y dificulta mis pasos”.
¡Caramba! A otro público con semejantes versos emparamentados con la filosofía. De nada sirve forjarse ilusiones, vida por venir, plenitud de existencia en un futuro inmediato. Nada. Cuando la señora muerte llega, nos arrebata todo en un instante, incluyendo el sueño, la memoria y también nuestros pasos.
Envejezco. Más temprano que tarde. Lo repito: tengo 61 años ya muy raspados sobre este planeta Tierra. Soy franco, aunque estoy harto cansado de mi esqueleto y partes de mi cuerpo, enjuto de carnes como siempre, mi mente funciona impecablemente y, según yo, cada vez mejor. Pero en honor a la verdad, mi carcamal ya no da para más.
Mis ojos, menos.
Por estos días de Dios en los cielos y del infierno aquí en la tierra llamada México, la mitad de mis huesos me duelen; amanezco más adolorido todos los días. ¿Es algo muscular, mala posición al dormir, mis almohadas ya viejas como yo; he sentido de más la muerte del profesor Martínez Ávalos?
No lo sé y no he querido ir con mi médico, doctor y chamán de cabecera, don Carlos Ramos del Bosque. Sencillamente, todos los días al amanecer digo: “Hoy se me quita, son achaques de vejez”. Sólo eso. Pero nada. Malditos dolores, no se van del todo. ESQUINA-BAJAN Tal vez y sólo tal vez, sea como en aquella vieja tonada de Silvio Rodríguez: “Creía mi alma inservible / pero era cansancio vulgar nada más…”. Espero sea cansancio vulgar nada más. Pero insisto, ya estoy viejo, aunque deseo vivir un par de años más y, ahora sí, publicar tantas cosas las cuales habitan mis cuadernos de notas.
Y no, no soy tremendista; ahora sí y de corridito: estoy viejo. Mis ojos y mi armazón no mienten. Y cosa curiosa, al llegar a esta etapa del final de mi vida, pues eso llamado melancolía, ictericia (depresión, pues), la tengo más alejada de mi alfabeto. Sencillamente, no tengo tiempo de sentir ni de pensar tanto en ello, como antes. Aunque lo sigo padeciendo.
La maldita tristeza me ve de lejos, pero siempre me observa y espera un descuido para entrar en mi enjuto cuerpo. No le voy a dejar puerta o resquicio libre ni abierto.
Lectores atentos como usted, el cual hace favor de leer y hacer suyas estas letras, me comentan de un punto: ya no me ven como antes en los lugares de moda; antros, cafeterías, restaurantes, cantinas, bares y todo tipo de lugares, no pocas veces, de baja estofa.
Ya soy un fantasma aquí. Me aburro sobremanera en los mismos lugares. Ya escojo milimétricamente el terreno y a los contertulios. Y claro, no cambio por nada el ver y platicar con mi güera Jazmín en la ciudad de Monterrey. Y sigo escuchando las andanzas de la bella Esther Alejandra. A trompicones, pero su libro va caminando.
En el ocaso, en el último tramo de mi vida, estoy entregado a mi canto, a mis letras, a mis poemas, a mi periodismo.
Ya no puedo ni quiero perder tiempo; el ingrato ya no es mío y me espera al final de la partida. Pero insisto en mi estribillo machacón: este mundo ya no es mi mundo. Y prefiero al ser humano con todos sus defectos… a amar y encender una veladora por un perro tieso.
La palabra nació por obra de Dios y de los dioses y, a cambio, nosotros con ella creamos a Dios y los dioses: la sacralidad completa y redonda. Pero hoy, el mundo está orientado al salvajismo, a las pulsiones primitivas…
LETRAS MINÚSCULAS
Llorar por un perro tieso… mientras en Zacatecas fueron colgados 14 humanos en esos días. Nadie dijo nada.

JESÚS CEDILLO
Periodista, escritor y poeta, con más de 40 años en la legua cultural y explorando el mundo.
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
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