El sepulturero del PRI tiene nombre y apellido: Alejandro Moreno, quien tiene a Rubén Moreira de segundo. Los fracasos electorales y la reforma estatutaria que le ha permitido al porro detentar el cargo desde 2019, y acaso indefinidamente, tienen al PRI al borde de quedarse sin registro, si en las elecciones intermedias del año próximo no consigue la votación mínima de 3 por ciento.
El partido de Moreno es un fantasma.
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Gobierna sólo dos estados, Coahuila y Durango, у su representación en la Cámara de Diputados y en la de Senadores es la más baja de su historia.
Los aniversarios del partido ideado por Plutarco Elías Calles pasaron de la apoteosis a la irrelevancia. Hoy los reflectores los acapara Morena.
Al exgobernador de Campeche le han sido expropiadas propiedades que adquirió
durante su mandato. En una de ellas, de siete hectáreas, valuada en 300 millones de pesos, el Gobierno de Layda Sansores (Morena) construirá la Universidad de la Salud Rosario Castellanos.
El decreto respectivo se publicó en el Periódico Oficial del Estado el 19 de septiembre de 2025 (Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad). Moreno está acusado por la Fiscalía de Campeche de enriquecimiento ilícito y el desvío de, al menos, 83 millones de pesos.
El fiscal ha solicitado a la Cámara de Diputados el desafuero del líder priista. La solicitud de procedencia pende sobre «Alito» cual espada de Damocles. Morena lo tiene en un puño.
La migración de cuadros priistas, gradual desde la derrota de 2018, se convirtió en éxodo tras la reelección de Moreno. Gobernadores, alcaldes y legisladores, elegidos bajo las siglas del PRI, se pasaron al movimiento fundado por Andrés Manuel López Obrador, y ahora dirigido por la presidenta Claudia Sheinbaum.
Otros hallaron acomodo en Movimiento Ciudadano y en el PVEM. A Moreno le acompañan políticos de ligas menores, algunos de los cuales son escoria. Su permanencia en el PR Ila explica, en parte, la protección que les brinda el fuero.
Líderes antaño poderosos, como Manlio Fabio Beltrones, uno de los últimos dinosaurios, prefieren el limbo que el escándalo. La reapertura del caso Colosio ha puesto nerviosos a muchos.
EI PRI no se repuso jamás de haber perdido a los líderes de su ala izquierda, causada por la imposición de Carlos Salinas de Gortari en 1988.
Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo y Andrés Manuel López Obrador fueron su némesis. A Salinas se le consideró, incluso, no priista, y así lo confirmaron las reformas neoliberales aplicadas durante su presidencia, y su cercanía al PAN, a la Iglesia y a la oligarquía nacional y extranjera. Pretendió hacer lo que AMLO, pero a la inversa: crear desde el poder una fuerza política para sustituir al PRI, a partir del Programa Nacional de Solidaridad, de perfil clientelista.
Salinas, uno de los presidentes menos legitimados de la historia, devino también en uno de los más poderosos y autoritarios, aupado por líderes del PAN como Diego Fernández de Cevallos y los poderes fácticos, a base de golpes de efecto y de una gran corrupción en la privatización de bancos y empresas públicas estratégicas.
El año de la debacle fue 1994: en enero, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) se levantó en Chiapas; Luis Donaldo Colosio fue asesinado en marzo; José Francisco Ruiz Massieu, en septiembre; y la crisis económica, incubada en su sexenio, estalló en diciembre, ya con Ernesto Zedillo en la presidencia.
Después todo fue caída, con lapsos cortos de recuperación. El tiempo se agotó para el PRI, gracias a Moreno.

Gerardo Hernández
GERARDO HERNÁNDEZ es periodista desde hace más de 40 años en Coahuila. Director General de Espacio 4.
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
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