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Ada y Beatriz, las madres del Colegio Modelo de Torreón

Ayer, antes de irnos al crucero de la tarde, me pasó algo que todavía traigo atravesado en el corazón, como esos recuerdos que no piden permiso para quedarse.

Jesús Ramón García Colores y yo —la fórmula del distrito 11, los dos nacidos en Torreón, los dos hechos de polvo lagunero— descubrimos hace poco un detalle que no es detalle: nuestras madres estudiaron juntas en el Colegio Modelo en los años cuarenta.

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Mi madre, Beatriz Veloz Bañuelos.

La suya, Ada Colores Medina.

Dos niñas que compartieron pupitre cuando la directora era Elvirita Vargas, esa mujer de carácter que imponía respeto con sólo entrar al salón.

Y cuando su sobrina, Rosa Velia Vargas, enseñaba ballet y español con una elegancia que parecía heredada de otro mundo.

De esas clases salió Pilar Rioja, la lagunera que se volvió leyenda mundial de la danza española, una mujer que llevó el nombre de Torreón a escenarios de Nueva York y Madrid, una artista que bailaba como si el cuerpo fuera un idioma secreto.

Ayer, Colores y yo decidimos juntar a nuestras madres en las bancas de la Alameda.
Las dos, ya con los años encima, pero con la memoria viva, nítida, como si el tiempo no les hubiera podido borrar nada.

Ahí estaban, sentadas bajo los árboles, con el sol filtrándose entre las ramas y el ruido de los niños jugando al fondo.

Yo las veía y sentía que estaba presenciando algo más grande que una simple reunión: era un puente entre generaciones, entre dos épocas de Torreón, entre dos mujeres que habían caminado tanto.

El diálogo

—Ada, ¿te acuerdas de la fila para entrar con Elvirita? —preguntó mi madre, acomodándose el rebozo como si volviera a tener diez años.

—Ay, Beatriz… si nomás de verla se me enderezaba la espalda —contestó Ada, riéndose bajito—. Y Rosa Velia, tan fina… cuando daba ballet parecía que no pisaba el suelo.

—Y cómo nos hacía repetir los versos, ¿te acuerdas?* —dijo mi madre—. “Dicción, niñas, dicción”, decía.

—Pues mira nomás, respondió Ada, señalándonos a Colores y a mí—. De esas aulas salieron estos muchachos que ahora andan queriendo arreglar el mundo.

—Si Elvirita viviera, remató mi madre, ya los hubiera puesto a estudiar más.

Las dos se rieron con esa risa que sólo tienen las mujeres que han vivido mucho y siguen encontrándole sabor a la vida.

La nieve

Después de la plática, las llevamos a comer una nieve de Lerdo al puestecito frente a la Alameda.

Las dos escogieron sabor limón, como si hubieran quedado atrapadas en la misma costumbre desde niñas.

Mientras las veía saborear su nieve, pensé en lo extraño y hermoso que es el destino:
dos mujeres que compartieron escuela hace ochenta años, dos hijos que hoy comparten una responsabilidad pública, y una ciudad que sigue siendo el escenario donde todo se cruza.

A veces Torreón tiene estas cosas: te recuerda que la política también es memoria,
que las coincidencias no son casualidad, y que hay historias que sólo pueden nacer aquí, en esta tierra donde el pasado todavía camina con nosotros.

Comentarios
Jaime Martínez Veloz

Luchador social, politólogo, incómodo al poder, ex legislador.Presidente del Centro de Estudios y Proyectos para la Frontera Norte “Ing. Heberto Castillo Martínez”.

Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx

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