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La historia que no te cuentan: Pleito por una india

Las “encomiendas” eran una forma de esclavitud practicada en el Nuevo Reino de León, mediante el cual se usaba a los indígenas en los más pesados trabajos corporales a cambio de recibir la doctrina y los sacramentos cristianos.

La práctica más común para hacerse de “rancherías” o “naciones” indígenas, eran las “entradas” en las que “van a traer a la tierra adentro, ordinariamente con una compañía de soldados que llevan a su costa; los tales encomenderos se las echan espías a la rancherías y les dan golpe como a enemigos, traen amarrados a los que pueden coger y, con los hijos de éstos o de otros de la misma calidad.

«Pagan a los soldados que llevan en su compañía los más de dichos protectores; reducidos estos [los indios] a las haciendas en que cada uno vive, les quitan los hijos, los tienen de las puertas adentro de sus casas, dando por causal el que por el amor de ellos asistan los padres y las madres en las labores; a estos párvulos se les enseña la doctrina cristiana en algunas partes, a los padres generalmente en ninguna, diciendo es tanta su barbaridad, que no pueden entrar en nuestro idioma.

«Tiénenlos trabajando a los varones, las hembras van a los campos a buscar hierbas y raíces para sustentar a sus maridos e hijos, a la noche”, según nos cuenta Don Juan Esteban Ballesteros, del Valle del Pilón, hoy Montemorelos, N.L.

De esta manera iban acrecentando sus “propiedades”, entre las que se encontraban estos pobres hombres y mujeres que eran considerados como una “mercancía”. Los territorios más explotados en este sentido eran los que se encontraban entre el Pilón y la “Sierra Tamaolipa”, hoy conocida como Sierra Chiquita o Sierra de San Carlos.

Así, en 1658 se da licencia a Nicolás Ochoa de Elejalde, vecino y regidor de Monterrey, para “adquirir” una ranchería de indios borrados “Xinipiguaras” de hacia el Pilón y sierra de Tamaulipas. En otros documentos se les llama “ginipiguaras” o “gimipiguaras”, por lo que se deduce que la pronunciación de la ‘X’ deberá ser como nuestra [J], significando dicho nombre, a decir de Ochoa, “matorrales chiquitos”.

Al hablar los borrados un idioma totalmente ajeno al español, eran comunes las confusiones en los nombres, su pronunciación y su significado, y al ser ésos mano de obra casi gratuita, y por tanto muy valiosos, los mismos encomenderos utilizaban estas mezcolanzas de idiomas para quitarse y disputarse unos a otros la propiedad de determinadas naciones; por ejemplo, en 1663, este mismo Ochoa de Elejalde entabla un litigio con el capitán Diego Rodríguez de Montemayor, sobre la propiedad de una ranchería de indios borrados que uno llama “jaratiguara manigua” que significa «estero donde habitan palomas», entendiendo por “estero” un terreno bajo, pantanoso, intransitable, que suele llenarse de agua por la lluvia o por la filtración de un río o laguna cercana, y en el que abundan los juncos o plantas acuáticas. Mientras el otro dice que se llaman “guayatiguara” que significa «que viven en orilla del río», y por tanto “se confunden”.

No eran extraños los pleitos por propiedad de indios para Ochoa pues dos años antes ya se había peleado con Diego de Ayala por un tema un poco más complicado, en este caso por parentesco. A través de los testigos y el método de entrevista podemos saber lo que sucedió.

La querella inicia el 20 de mayo de 1661 cuando Ochoa de Elejalde, con título de alférez, pide la intervención de Gobernador Don Martín de Zavala para recuperar una india que él reclama pertenece a su encomienda, pero quela tiene Diego de Ayala en la suya. En ella declararon cuatro indios de la nación xinipiguara, que como ya hemos visto estaba encomendada a Ochoa, y indio Diego, que dijo ser cristiano y de nación “mohíguara” [pronúnciese mojiguara”, de la encomienda del capitán Díego de Ayala”. El enredo idiomático era tal que se necesitaban dos intérpretes, “Leonor, india cristiana del servicio de Juana de Montemayor, viuda del alférez Andrés de Charles, que entiende de la lengua de la nación ginipíguara”, y “el sargento Nicolás de Salazar. intérprete en la mexicana”. Podemos imaginar la escena, Martín de Zavala pregunta en español, Salazar traduce del español y pregunta en náhuatl, conocido también como “mexicano”, a Leonor, cuando no es su idioma natal, ésta, cuyo idioma materno era el de los borrados de nación “teyaguara”, lo que lograba entender lo pasaba al idioma xinipiguara o al mohiguara, el interrogado respondía en su idioma y la respuesta seguía el camino inverso.

De ello podemos dilucidar los siguientes hechos:

“Estando [los indígenas] como de una lengua todos, juntos ahora, en un mitote”, llegó un indio al que apodan “El Gualagüís”, que trabajaba para Diego de Ayala, apresó a quienes reconoció como propiedad de éste, “apartándose y quedándose los del dicho alférez Nicolás Ochoa”, el declarante, aun cuando era ginipiguara, se fue con los presos por “amor de su mujer e hijos”, que eran tres, uno de ellos “en los pechos”. “Habiendo llegado a casa del dicho capitán Diego de Ayala, [éste] le metió los hijos en la cocina y a él lo envió que se fuese a casa del dicho su amo, alférez Ochoa, como lo hizo” y en cuanto llegó fue a quejarse con su amo.

Ochoa de Elejalde, enojado, no por la separación de la familia indígena, sino porque le estaban robando una india, se fue directamente a la casa de Ayala a reclamarle “con los medios más suaves que pude” y entra5ron en averiguación. El asunto no era simple. El padre de la mujer era de nación mohiguara pero su madre “fue de la nación gínípiguara y nació, entre ellos y vivió muchos años, hasta que por haberlos flechado, se apartó y se vino con los mohíguaras, dejando a la dicha su hija, con su marido, en los gínípíguara”. Al ser apresada, la mujer en disputa era acompañada de “otra india […] que dijo ser su hermana mayor, [y] es cierto que lo es, es hija de una india de su misma ranchería mohiguara, cristiana y casada con un indio llamado Miguel, cristiano también que juntamente se halló a esta declaración”.

Mientras Ochoa reclamaba que la indígena era xinipiguara, y por tanto le pertenecía, Ayala reclamaba que era mohiguara porque “era hija de un indio suyo, y dicen mis indios me pertenece el padre también”. Y al no haber acuerdo acuden al Gobernador para que éste determine si es ginipiguara, como la madre y el marido, y por tanto de Ochoa o mohiguara como el padre y la hermana, y por tanto de Ayala.

Zavala da su resolución “atendiendo a quejes hijos siguen la naturaleza de las madres, mando al dicho capitán Diego de Ayala que luego que con este mi mandamiento sea requerido, entregue al dicho alférez Nicolás Ochoa a la dicha índíezuela, sobre que es la diferencia, con su criatura, por estar casada con un indio del dicho alférez”. Es interesante hacer notar que, para el Gobernador, prevalece el matrilinaje, es decir, la nación se adquiere por la madre, toda vez que, como dicen las suegras de ataño, la paternidad siempre podrá ser motivo de duda, no así la maternidad, y a esto añade que, bajo un sistema que contradictoriamente es patriarcal, la mujer está bajo dominio y tutela del hombre, en este caso su marido. Por tanto la mujer indígena motivo del pleito es, oficialmente, xinipiguara.

Para evitar futuras dudas, Ochoa de Elejalde saca copia ese mismo año en diciembre, de la agregación a su favor de los xinipiguara.

Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx.

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