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Ya no estoy aquí

Al ver la película “Ya No Estoy Aquí”, de Fernando Frías, que de una vez aclaro: No soy crítico de cine, para que no se alborote el gallinero de detractores de la carrera de Letras Españolas, quienes pululan en las cajas de los Oxxos; aunque subrayo que en la Facultad cursé el Taller de Cine con ese docente que siempre vestía saco Aldo Conti combinado con botas de seguridad, quien tuvo sus momentos de gloria antes de que el movimiento Me Too se pusiera de moda (de la que te salvaste, bato).

De él aprendí un poco de cine y mucho sobre acoso, porque en esta vida hay que aprender de todo. Y sobre cine de ficheras, anime (por no decir Hentai) y dramas jodorowskianos, me ilustró el buen Durango Hernández, alias “el primerizo recurrente”.

El filme de Fer Frías me recordó al barrio de la Plaza de la Madre en el Centro de Saltillo, o como le dice papá: “El barrio Saltillo Oriente”.

En ese lugar se reunían pandillas como los “Piratas de las Plaza de la Madre”, y barrio adentro, por la calle Nigromante, se congregaban “los TX8S”, “Los Destroyers”, “Los Distintos”, “Los Morgan”… puro licenciado, diría Chavana.

Claro que también en las pandillas existía la inclusión femenina, estaban “Las Piratas” y “Las Fresas”, novias de varios integrantes de las pandillas. La lideresa de las Fresas era mi compañera de primaria La Vicky. Una chica alta, guapa, de pelo largo y perra para tirar trompo. Cuentan que se madreó cholos con filero en los tiros campales que se daban entre Leona Vicario y Zarco.

Una de las lecciones que nos enseña la película, es que la pobreza y la marginación son un rasgo característico que nos identifica con personas de otros lugares. La forma de hablar, la música, lo difícil de atravesar la adolescencia en barrios peligrosos, me regresaron a mi infancia.

Yo vivía en la calle Fragua, cerca de los Radiotaxis, ahí llegaban primero las malas noticias, quizá por eso siempre me gustó el chisme, quizá por eso soy reportero. Desde ese lugar conocí la violencia y lo peligroso de vivir en el barrio.

Las pandillas en Saltillo representaron un movimiento importante de contracultura, como la llamó el rebelde de la pluma José Agustín: “Se trata de una rebelión instintiva, visceral, primitiva, aunque claro, con grandes incomprensiones”.

Ulises, el héroe de la película y líder de “Los Terkos”, es un incomprendido que transmite ese mensaje de un mundo imposible a todos aquellos que alguna vez nos reuníamos en las esquinas, plazas y terrenos baldíos a escuchar música y bailar la cumbia. “Ya no estoy aquí”, reivindica la cultura del Cholombiano, que también rescató el rebelde del acordeón Celso Piña.

He leído comentarios adversos sobre si es una película lenta. Los de Monterrey no son así, le gusta a puro cholo, a puro prietos y quizá tengan razón o más bien no le entendieron porque no salen personajes “bonitos” que no llaman su atención. Porque el filme sí le rompe la madre al paisaje regio metropolitano de industria y riquezas, al canon de estética y estilo de vida preconcebidos por los whitexicans,.

Sí exhibe una subcultura (sin querer serlo) como alguna vez fueron los punks. Incluso normaliza el período criminal en México mal bautizado como “la guerra contra el narco”, donde las pandillas fueron utilizadas por los carteles como brazo ejecutor. La violencia que se vivió en esa época fue descarnada y descarada. Lo vemos actualmente con las imputaciones que le hacen al gobierno de Felipe Calderón.

Aún recuerdo algunos nombres de los cholos de mi época: “El Sidi”, “La Hoja”, “El Chino” Q.E.P.D. “La Guayaba”, “La Lechuga”, “El Catrín”, “La Monga” “El Duende”, “El Pique” y “El Naza”. Y todos con una radio vieja bailando las cumbias.

Bien dicen que uno sí puede salir del barrio, pero el barrio no puede salir de uno y tienen razón. La película muestra esta dura realidad al chingazo, con coraje, que nos ha tocado encarar con navaja en mano a cierto sector poco privilegiado de este México lindo y dolido.

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