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Torreón, no te olvido

Torreón no es cualquier ciudad.

Es la capital de mi vida, mis primeros sueños y amores.

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La conocí toditita.

Nací en la calle Abasolo, a una cuadra de la Alameda, en una casa donde la partera fue mi tía Lucy, hermana del “Tío Cleofás”, que, para mi suerte o mi desgracia, mi padre le pagó sus servicios, poniéndome el nombre del tío patriarca de la familia.

A la “Tía Lucita” le encantó que me pusieran el nombre de su hermano, mientras que el propio “Tío Cleofás” estuvo en desacuerdo, pero cuando mi papá se empecina, no hay quien lo baje de su macho. Así que desde que nací, Cleofás me llamo.

Ese nombre es hoy parte de lo más íntimo de mi vida, pero cuando estás en secundaria o preparatoria, que joda te llevas, con la ironía y la burla de tus compañeros.

Cuando a mi papá le preguntaba, por qué me había puesto ese nombre, me contestaba, como para que me diera consuelo, que también me había puesto el nombre de Jaime, para que yo escogiera.

De nada me servía su explicación, si de cualquier forma en el barrio todos me decían Cleofás.

Hasta que me acostumbré y terminó por gustarme llamarme Cleofas.

Tuve la suerte de no tener “Nintendo”, porque todavía no habían salido al mercado; tampoco nunca hubo televisión en la casa.

Los sábados en la tarde, pagábamos veinte centavos por ver en la tele, a la vuelta de la esquina, los programas del “Llanero Solitario”, “Flecha Rota”, “Cochise” y “El Zorro”. Desde entonces mis preferidos eran los indios.

Sin aparatos electrónicos, tuve las calles como mi lugar de juegos; las canicas, los ágates, el yoyo, el balero, el pocito matón, el trompo, la rayuela, el chinchilagua, el brinca tu burro y las manos llenas de costras de tierra, que cada sábado mi madre me las tallaba con estropajo y lejía, entre mis gritos de dolor.

De tanto andar de atrevido un día se me quebró el brazo izquierdo y lo traje enyesado varias semanas.

La semana apenas me completaba para acarrear dos tambos diarios de agua, ayudar tres misas al día en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, andar detrás de mis hermanas, estudiar para ser el primer lugar del salón y abrazarme de las piernas de mi maestra, cuando nos llevaba a alguna acción comunitaria.

De tanto esfuerzo, a los 9 años me operaron de una hernia en la ingle derecha. Un mes completito duré en la cama.

Mi primer beso me lo dio Lidia, (ayudante de mis padrinos Elsa y Quico). En mi ignorancia sobre la sexualidad, pensaba que, con un beso en la mejilla, la había embarazado.

Mi niñez transitó por los barrios más bravos y rebeldes de Torreón. “La 18”, “La Guadalupana”, “El Maratón” y “La 12”. Rubén mi hermanito mayor se me adelantó y se fue al cielo antes de que lo conociera.

La vida tuve que aprenderla solo, acarreando agua, vendiendo melones, sandías, boleando zapatos, ayudando misas, bodas y bautismos, rezando rosarios y tirando trompos en los pleitos callejeros.

Aprendí béisbol, fútbol, básquet sin más maestro que los amigos del barrio, que se constituyeron en la prolongación de mi familia. “El Cadáver”, “El Semitas”, “El Feo”, “El Sapo” y “Nando el Tapicero”, son los primeros de muchos, que me saltan a la memoria.

A los seis años aprendí a andar en bicicleta, que se constituyó en mi mejor vehículo de transportación.

El aprendizaje no estuvo exento de azotones y raspones en el campo terregoso de la calle 17 y Artes Gráficas, habilitado como el lugar de prácticas, para domar aquella bicicleta, que me mandó mi primo Carlitos, desde Tampico, Tamaulipas.

Mis primeras marchas fueron las guadalupanas, al son de rezos, cánticos, matachines y viejos de la danza. Por la calzada Cuauhtémoc y luego por la calle Hidalgo, entre cohetes zumbadores, truenos estridentes y rosarios decembrinos, llegábamos a la Iglesia de Guadalupe, ubicada cerquita de la Alianza. El champurrado, los tamales y buñuelos eran buenos estimulantes de las peregrinaciones a la basílica lagunera de las lupitas.

Mi tío Maximiano Soto y mi abuelo paterno Heriberto Martínez, fueron bautizados por mis balbuceos infantiles como tío Ano y pa’ eto. Junto a ellos hice mis primeros recorridos de Torreón a Gómez Palacio, cerquita de “El Vergel”, el Tío Chimiano, tenía un pequeño rancho, donde sembraba algodón, melones, sandías y calabazas.

Año con año, me llevaban a las pizcas y el producto de las siembras lo vendíamos, en el mercado de Torreón, en la esquinas más concurridas o casa por casa en el barrio, donde mi tía Petrita, esposa del Tío Ano, me pagaba un porcentaje de las ventas vecinales. Estos personajes constituyeron uno de los mejores apoyos de mi vida.

Ya eran grandes de edad cuando yo los conocí, pero su empuje y esfuerzo era extraordinario.

Su ternura y cariño hacia mí, nunca tuvo límites. Cuando murieron, se fue con ellos parte de mi vida.

Los sábados en la mañana eran rigurosamente utilizados para jugar fútbol, en los campos de la 17 o la 18.

De portero, defensa o delantero, o de lo que fuera, jugaba junto a toda la raza del barrio.

Los domingos eran para la liga de béisbol infantil, donde era filder del equipo “Tigres”, que dirigía mi padrino Quico, junto a sus hijos, Paco, Arturo y Quico chico.

Luego del juego, disfrutábamos cada uno, el refresco de Barrilito o doble cola, que nuestro entrenador nos invitaba.

Los domingos en la tarde los aprovechaba para ir a ver jugar a la “ola verde”, que así le decían al “Equipo Laguna”, en el viejo estadio San Isidro, o en su defecto al “Equipo Torreón” en el estadio Revolución, los sábados por la noche.

Ambos equipos de segunda división, antecesores del “Equipo Santos”, que cuando subieron a primera división, toda la comarca lagunera se incendió de gusto y alegría.

Un guante de béisbol que me regaló mi Tío Ubaldo, me acompañó durante toda mi infancia. Lo cuidé con toda el alma, de cuando en cuando lo untaba de manteca de cerdo, para que estuviera dúctil y en condiciones óptimas.

Nunca hubo un pinche filder derecho como yo. Superman era un pendejo frente a mis vuelos para atrapar los cañonazos de los rivales. Las pelotas de béisbol las reciclábamos cociéndolas con cáñamo.

En las ligas de los mayores, un jugador al que yo admiraba, era “El Perro”, del mismo barrio de “La Guadalupana”, donde como pitcher era inigualable, pero le encantaba el trago, que terminó con su vida. El día de su muerte, todo el barrio entristeció.

En invierno calaba por igual el frío que el hambre.

En el verano el calor te obliga a dormir en el patio de tierra. Junto las gallinas, los patos y los moyotes (Mosquitos), descendientes de los vampiros, en la cama de tijera de lona, con mi perro El Dandy a un lado, me dormía frente aquel cielo lagunero lleno de estrellas.

En las navidades Santa Clos, nunca me trajo lo que le pedí, pero para que quería más si tenía alrededor de mí todo el cariño del mundo. Mi imaginación era tan grande como mis sueños, tal vez en otra vida fui ave, águila quizás.

Con papel periódico, engrudo, carrizo, cáñamo y tijeras, hacía los papalotes que más alto volaban en los cielos laguneros.

Con un palo de escoba, hacia un “velit”; de un trapo una capa de luchador; de las cajas de cerillos un juego de cartas; de un tornillo una punta de trompo; de un mezquite un árbolito de navidad; de la nada hacía todo. ¿Para qué necesitaba a Santa Clos?

De todos modos, si llegaba un juguete, era bienvenido; no le hacía gestos. Tuve pocos, por eso creo que los recuerdo y cuidé tanto. Un Mecano que me regalaron mis tíos fue un juguete que me entretuvo decenas de horas, armando y desarmando cochecitos y camioncitos.

El más paciente para ayudarme era mi tío Ubaldo, pero mi tío Rudy era el machin para el ajedrez y la encandilada en la política.

Aunque en el barrio la mayoría era amigable y fraternal, nunca faltaban los gandallas y los ojetes. “El Chanate”, era uno de ellos. Después de que mi primo Santos y mi papá, me enseñaron los primeros pasos en el boxeo, el “pariente de la urraca”, mascó mecate, frente a toda la raza, con la cual tuvo que disculparse y comprometerse a no molestar nunca más a nadie.
Años antes “El Ratón”, mal amigo, había probado la pegada de mis huesudos puños.

Fui feliz en el gimnasio de Don Filiberto Gamboa, “El Pajarero”, por la calle Escobedo, entre la calle 12 y la Cuauhtémoc, junto al bosque donde depuré la técnica boxística, aprendiendo todos y cada uno de los secretos de la filigrana. Jab, counter, rolling, gancho al hígado y a la quijada, oper, cruzado de derecha, finta, caminar de lado, practiqué a diario en aquella bodega de adobe derruida, que me sirvió como gimnasio en mi adolescencia.

¡Diez! gritaba mi manager cuando faltaban 10 segundos para terminar el round de entrenamiento, que es como un grito de guerra para que des el último estirón y no bajes la guardia nunca, ni en el ring, ni en la vida.

No sólo aprendí a boxear, además conviví en un ambiente camarada y fraternal. En los boxeadores encontré algunos de mis mejores amigos hasta ahora. Rubén “El Púas” Olivares, Chucho Castillo, Romeo “El Lacandón” Anaya, Roberto “El Perico” Rivera, Vicente “El Güero” Vega, Chucho Barrientos, entre otros.

Mi educación primaria la terminé en la escuela pública, “Jesús González Ortega”, en 1966, donde la directora y mi maestra fue Carmen Pérez de Reyna, por quien, con su guía y disciplina, junto a la de mi madre, logré ganar un concurso en Torreón, llamado “Premio Torres”, donde participaban todos los alumnos de sexto grado y les entregaban 500 pesos (de aquellos), a los diez primeros lugares.

Con el premio, mi papá me compró unos zapatos “Canadá” y unos “Shoots” que me sirvieron para jugar fútbol en el equipo “Asturias” de la calle 17.

En la escuela disfrute los más exquisitos desayunos escolares, del sexenio de López Mateos. Un plato de avena, un vaso de chocolate y una pieza de pan ¿Algún júnior sabe lo que eso significa?

Durante un corto tiempo ingresé al seminario Diocesano de Torreón; yo suponía que la religión era mi vocación.

El destino había escrito un libreto diferente, cambié sotanas por paliacates, rosarios por pancartas, misales por libros rebeldes y en el nombre del padre aprendí a decir ¡Este puño si se ve!

El mar lo conocí de la mano de mi padre una madrugada en el verano del 67, cuando la familia hizo un intento por trasladarse a Tampico a probar fortuna. La sensación de ese amanecer, perdura en mi memoria, cuando al lado de mi padre, después de viajar 14 horas en un Transportes del Norte, junté las conchitas más hermosas del mundo en las playas tampiqueñas.

Duramos pocos meses en Tampico, porque no nos aclimatamos, pero en el tiempo que estuvimos, no lo desaproveché y junto a mi primo Carlos y algunos compañeritos que conocí ahí, me convertí en un asiduo visitante a la Laguna del Chairel, donde pescaba tepocates, renacuajos y pequeños peces junto a la muchachada que, en las noches calurosas, nos reuníamos afuera de la casa de mis tíos, hasta que el sueño nos venciera o que nuestros papas nos regañaran.

Nos regresamos pronto, a nuestro Torreón que tanto amamos y luego luego en el barrio me recibieron con el caló de los carnales de barrio estilo Torreón. ¡Quihúbole, quihúbole, quihúboleee, mi pinche Cleofas!

La secundaria la hice como todos mis estudios, trabajando y estudiando.

Las clases las tomaba en turnos nocturnos y durante la mañana trabajaba, vendiendo marcos y molduras que mi papá fabricaba.

Con el viento rozando mi cara, en tiempos de frío o de calor, recorrí en bicicleta toda la Laguna, de Torreón a Gómez Palacio, Lerdo, Matamoros, Viesca, Francisco I. Madero y San Pedro de las Colonias. Desde entonces mi afición por las “Bírulas” (las “bicis”).

Pedaleando me gané lo necesario para pagar la Secundaria, primero en la “Regional de la Laguna” y luego en la “Enriqueta Gómez”. La bicicleta “Búfalo”, fue mi eterna compañera en los años de la adolescencia.

De todo cargaba en ella, leche, mandado, cuadros, hermanas, hermano, pretendientas, amigos y hasta gorrones.

Durante mis diarios viajes por la comarca lagunera, me sentía “Radamés Treviño”, uno de los mejores ciclistas de México, de toda la vida.

Los atardeceres laguneros no tienen madre, son bellísimos, parece que el cielo llora sangre anaranjada, aunque en ocasiones se oscurecen con unas tolvaneras, que te empolvan hasta las nalgas.

El baño de nuestra casa estaba compuesto por dos módulos. El inodoro era un rústico cajón de madera sobre una fosa séptica, al centro de un cuartito con muros y techos de láminas de cartón.

En otro cuarto de madera, con aire acondicionado natural, porque le entraba aire por todos lados, estaba nuestra regadera habilitada, es decir dos tinas y un bote de hojalata, con el cual nos enjuagábamos.

Si había algún dinerito comprábamos un shampoo Vanart de bolsita para el pelo y sino pues con jabón palmolive.

A la hora del baño, la música de radio variedades acompañaba la sesión de limpiaduría, con las canciones de moda de la época. “Cantares” “Penélope” de Serrat y “Whola Lota Love” de Led Zepelin.

Al final del baño, quedábamos listos para el baile, el cine o la reunión con los cuates en la esquina de la cuadra.

Los miércoles en la tarde nos íbamos al cine Martínez, para aprovechar el 2 por 1 y ver tres películas de un jalón.

Cuando mi hermano Juan nació, me dio mucho gusto, ya que andar de cuidandero de mis hermanas no era muy atractivo, así que a mi carnalito lo trate con mucho cariño, fue mi compañerito de andanzas.

Estando Juan todavía muy chiquito, juntos nos íbamos los domingos a la lucha libre, donde gritaba sus primeras mentadas de madre, en medio de la algarabía de quienes nos rodeaban.

En la alberca del Bosque Venustiano Carranza, le enseñe a nadar. No sé ni cómo, porque no soy buen nadador, pero cuando menos me defendía de los remolinos del Rió Nazas, que con sus aguas riega los campos laguneros.

Primero en la canasta de la bicicleta, y luego en un asiento de madera pegada al cuadro, Juanito y yo recorrimos los barrios y colonias de Torreón.

También aprendió a tirar trompos, y aunque no llegó a boxear como yo, si se aventó algunos tiros en campeonatos estudiantiles. Y modestia aparte, tenía la percha de su carnal.

El bachillerato lo estudié en la Preparatoria Venustiano Carranza, (PVC), en donde al principio batallé para compartir el trabajo con el estudio, hasta que mi tío Rodolfo, me consiguió una plaza de conserje en el Catastro de Torreón, donde de la noche a la mañana, me convertí en el dibujante estrella de la oficina, por ser el dibujo una técnica que me gustaba y llegué a dominar fácilmente.

El jefe me gratificaba por cada plano que terminaba, lo que me servía para invitar la nieve a mis amigas del salón.

En 1970 el tío chimiano recupero un terreno que le pertenecía y le regalo a mi familia una parte del mismo, donde mi papa la hizo de albañil y yo de su chalán, el pegaba las tejas del techo y yo le arrimaba la mezcla, el ponía las vigas yo le detenía el andamio.

Así construimos tres cuartos en la avenida Bravo y calle 38, donde nos cambiamos con todo y tiliches.

En ese tiempo la descarga de las aguas negras estaba a dos cuadras de nuestra nueva casa, la pestilencia era terrible y los mosquitos una plaga insoportable.

Alrededor de la casa casi no existían construcciones, estábamos a la orilla de Torreón, sin agua, ni drenaje, ni energía eléctrica mucho menos alumbrado publico.

Con bombillas de petróleo mis hermanas y yo hacíamos nuestras tareas. Poco a poco la casa fue creciendo, hasta convertirse en un lugar decoroso para vivir.

En la medida en que se fue poblando el lugar se fueron introduciendo los servicios, aunque cuando esto pasó yo ya estaba en Saltillo.

Después empecé a ganar dinero boxeando. Por mi primera pelea a 10 rounds, me pagaron 100 pesos libres, con billetes de a peso, que me llenaron la cartera y que presumí ese día en la madrugada, ante quienes estaban en la fila formados para llenar sus tambos de agua, en la calle 38, a espaldas de la cervecería Corona. ¡Sodas para todos! invité y “la Margarita” la más guapa del barrio me plantó un beso en el cachete de puro gusto.

Diciembre de 1970, no se me olvida.

Solo descanse un día porque a la madrugada siguiente me levante para correr y prepararme para la siguiente pelea, el domingo primero de enero de 1971, donde en el primer round el Zorrito Bautista cayo noqueado con un gancho a las costillas que salio de mi mano izquierda, en la arena del PRI, en San Pedro de las Colonias.

Después de la función, con un frió de la chingada, pero con la moral y la cochandez muy en alto, me fui a celebrar la victoria al Casino de los Leones al ritmo del grupo lagunero “The Golden Stones”, el mejor de la época de los setentas.

Para no desentonar, en el mercado municipal nos echábamos un menudo bien picoso y canciones en la rockola de Cornelio Reyna, para de nuevo regresar de madrugada, a Torreón y compartir anécdotas con los valedores del barrio y regresar a la realidad.

¡Ándale pinche Cleofás, limpia tu tina de menudo! Me decía “el semitas”, hijo del “Chino el Menudero”, en el barrio de la 18.

Los primeros pasos de baile, me los enseñó Silvia, escultural amiga en una fiesta de fin de año. Al ritmo de la canción el Amor es algo maravilloso, de Ray Coniff, un pasito para allá, otro para acá y mientras tanto hágase pa’ ca mi chula, repeguese tantito de abajo y de arriba para pegarle cachete con cachete, en la casa de Sixto y Cristina Tovar, enfrentito de la nuestra, por la calle Juan Álvarez entre la 17 y la 18.

Su figura me producía escalofrío, su plática me encantaba, creo que nunca supo cuanto la quise y cuanto la llevé en mis pensamientos recordándola con nostalgia, pero prefirió o más bien su corazón ya estaba ocupado en otro lado.

Mi primera novia fue Amparo, la hija del “Güero Chon” valedora y rocanrolera, con quien recorrí al compás de charangas, cumbias y ritmos “a go go”, casi todos los salones de baile en las tardeadas laguneras. Su belleza era impresionante, de las mejores de todo el barrio. Brava hasta la chingada, a ella y a sus dos hermanas les decían “Las perras”, no tenían hermanos, pero para defenderse no los necesitaban, lo hacían solitas; Amparo siempre solidaria, hoy vive en el imaginario de mis más bellos recuerdos.

Los únicos testigos de nuestros fajes, eran lo árboles de la 18, que durante largas horas en la noche la hacían de mudos acompañantes, después de ir por ella a la tintorería donde trabajaba.

El ambiente estudiantil era de alegre rebeldía.

La solidaridad con el movimiento estudiantil del 68, que había sido masacrado por el gobierno, fue una constante en toda mi generación.

Eran los primeros tiempos de Santana y casi el final de los Beatles. Aunque no había mucha información sobre los acontecimientos de Tlatelolco, nuestra simpatía estaba con los estudiantes.

Algunos profesores eran afines con las causas rebeldes y se las ingeniaban para darnos a conocer opiniones o puntos de vista, que nos hacían reflexionar sobre los temas que dominaban esa etapa de México, tan compleja como contradictoria.

Al terminar el bachillerato, tomé una decisión determinante. El boxeo ya me estaba tentando, en profesional una decena de combates, y salvo una decisión, las demás las había ganado por nocaut antes del tercer round.

Era mucha la pinche tentación y mucha la preocupación de mis padres.

Aunque me había cambiado de nombre para que no se dieran cuenta de que boxeaba, no me pude ocultar cuando mis fotos y noticias empezaron a salir en los periódicos, o cuando llegaba a la casa con las huellas de los combates. Chuy Rivas era mi nombre de batalla.

Después de noquear al campeón gallo de Yucatán, mi madre me entregó una carta que mandó mi tío Rodolfo, donde me expuso un razonamiento impecable e irrebatible, “si te decides por el Box en cinco años tu carrera empezará a declinar y si estudias una carrera, en cinco años estarás empezando la profesión que escojas”.

La vida es un ejercicio cotidiano de toma de decisiones, así que opté por estudiar y colgar los guantes.

Me fui a Saltillo a estudiar Arquitectura. Mis padres se tranquilizaron de momento, (luego se preocuparían por otras cosas).

Mi entrenador respetó mi decisión, me deseó suerte y como despedida nos fuimos a comer unos lonches de carnitas con aguas frescas al mercado Juárez.

El que vaya a Torreón, y no coma lonches de carnitas, no se tome un agua célis con limón y un cuadrito de nieve con mermelada en la plaza de armas o en la alameda, es como si no hubiera estado ahí.

Con el dinero de la última pelea, compré mis instrumentos de dibujo, puntos, escalímetro, un leroy con juego de puntos, alacrán de dibujo y reglillas para pintar letras de diferentes tamaños, pinceles de piel de camello, regla T, acuarelas, papel albanene y restirador, entre otras cosas.

Hasta para una grabadora y el primer mes de la casa de asistencia, me alcanzó la ganancia del último combate.

Lo que más me pudo fue dejar a Juanito mi hermano, que tanto se había acostumbrado conmigo.

Meses después, el Dandy se murió, no sé, si de viejo o de tristeza, pero en su muerte se llevó toda una etapa de nuestras vidas.

Sin sentir, se terminaba la etapa que formó y templó mi carácter, de la que aprendí a valorar el cariño de mis padres, la ternura de mis hermanos y la forma de ser de los amigos del barrio y de la calle.

Por muchas razones fue la etapa definitiva en mi vida, donde en una familia sin títulos nobiliarios, ni cuentas de cheques, creció la mayor y la mas sincera de mis alegrías.

Cuando no tuve nada, lo tuve todo.

En medio de una noche lluviosa, con una maleta de ropa y un montón de sueños una noche de octubre del 71, llegué a Saltillo, la siguiente parada de la peregrinación en que se ha convertido mi vida.

Comentarios
Jaime Martínez Veloz

Luchador social, politólogo, incómodo al poder, ex legislador.Presidente del Centro de Estudios y Proyectos para la Frontera Norte “Ing. Heberto Castillo Martínez”.

Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx

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