Del asombro, la atención y la expectativa, se ha pasado a la cotidianidad de la guerra. A más de cuatro años de la incursión de Rusia en territorios rusoparlantes frontera con Ucrania (Donetsk, Lugansk, Jerson y Saporiya) inicialmente se generaron distorsiones económicas, pero se llegó a una relativa estabilidad en condiciones de volatilidad.
Si al inicio de los bombardeos de Israel y Estados Unidos al territorio iraní el precio petróleo superó los 100 dólares por barril, con inflación global, ahora dicho precio tiene rango entre 74 y 84 dólares por barril, una normalidad en tiempo de veleidades y ocurrencias de Donald Trump.
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Se observa que las economías y los mercados tienden a asimilar la incertidumbre para la toma de decisiones. Si al conflicto se añade el frenesí arancelario trumpiano, se imponen perspectivas de permanente análisis y prospectiva en gobiernos y empresas.
Hay opiniones, incluso en Estados Unidos, en sentido de que las erráticas políticas estadounidenses sólo podrían extenderse algunos meses o tres años más.
En las últimas semanas ni los mercados financieros ni el precio del hidrocarburo han tenido fluctuaciones drásticas.
Este comportamiento de menos inestabilidad -que no sosiego- es previsible porque la resistencia iraní y su capacidad de respuesta tiene al gobierno estadounidense en un verdadero embrollo, más aún con el gobierno israelí que no coopera en los acuerdos.
Como el gobierno de los Ayatolas financia y abastece de armas a las milicias chiitas del Hezbollá en el sur del Líbano -cuyo objetivo es la desaparición del Estado israelí-, el gobierno de Tel Aviv aprovechó la eventual confusión para bombardear ciudades al sur y al norte de dicho país, así el cese de estos ataques es factor en la negociación para Teherán.
La capacidad de las fuerzas revolucionarias de Irán de controlar entrada y salida de buques de carga en el estrecho de Ormuz -sobre todo de petróleo- obliga a un posible cese de hostilidades, lo que se cierne entre acusaciones mutuas y bombardeos como estrategias de presión.
Además el problema es que Benjamín Netanyahu, el primer ministro de Israel no coopera, porque no lo logró la caída de la teocracia régimen iraní, ni la aniquilación del Hezbolá.
Los puntos de acuerdo en la reunión en Suiza en junio pasado fueron: cese inmediato de las hostilidades en todos los frentes, incluido Líbano; respeto a la soberanía e integridad del territorio iraní; levantar el bloqueo naval a buques y puertos de la República Islámica.
Así como la verificación continua de la Agencia Internacional de Energía Nuclear para evitar el enriquecimiento de uranio con fines de producir armamento nuclear por parte Teherán; apertura total del estrecho marítimo para el flujo petrolero -quinta parte del total mundial-; 300 millones de dólares para la reconstrucción y desarrollo económico iraní que aportarían Estados Unidos y sus aliados en la región; eliminación de todas las sanciones al régimen islámico; entre otros.
Aún que se hayan suspendido las conversaciones y aún que los posibles acuerdos con Irán deterioren las relaciones de Washington con Israel y países aliados en la región (Qatar, Kuwait, Arabia Saudita, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Jordania), en el entorno político interno urge al gobierno estadounidense la solución de su ominosa aventura de guerra.
Las afectaciones económicas, el gasto en armamento en más de 100 mil millones de dólares (El Informador, 01-05-26), el descontento social y la oposición demócrata y una parte de republicanos, son algunos factores que afectan negativamente la posición del Partido Republicano en las elecciones parlamentarias de noviembre próximo que, de ganar mayoría el Partido Demócrata, darían marcha atrás a políticas en varios ámbitos, incluidos migración, tarifas de importación, presupuesto y guerras, entre otros.
Mientras tanto, con este parte de guerra la economía de altibajos es normalidad y las perspectivas de planeación económica y financiera son sólo de corto y mediano plazos.

JOSÉ MARÍA GONZÁLEZ LARA
Economista
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