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La fortaleza femenina no pide permiso

Decir que las mujeres somos fuertes no es un gesto de feminismo superficial, sino el reconocimiento de una realidad histórica. 

Aunque hoy no sea el Día de las Madres ni el Día Internacional de la Mujer, siempre es un buen momento para detenernos y mirar de frente la fortaleza femenina. Esa fuerza que no siempre se reconoce ni se aplaude, pero que sostiene familias, historias y generaciones enteras.

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La maternidad es una de las expresiones más profundas de esa fortaleza. No es solo dar vida: es protegerla, defenderla y sostenerla incluso cuando los recursos no alcanzan y el miedo está presente.

Durante estas vacaciones de fin de año vi una serie en Netflix llamada Los Abandonados, que narra la historia de dos mujeres: una madre con hijos biológicos y otra con hijos adoptados. Sus realidades son distintas, pero su esencia es la misma. Sin privilegios ni certezas, ambas son capaces de cualquier cosa por cuidar lo que consideran suyo. No por impulso, sino por amor, por responsabilidad y por una fuerza que nace desde lo más profundo.

Lena Headey, como Fiona Nolan, y Gillian Anderson, como Constance Van Ness, encarnan a mujeres empoderadas que sacan la casta cuando es necesario. No esperan rescate ni validación; avanzan desde su propia convicción, sin pedirle nada a nadie y sin disculparse por su fortaleza.

De hecho, es imposible no recordar a Lena Headey en 300, interpretando a la reina Gorgo, cuando un mensajero persa cuestiona con qué derecho una mujer se atreve a hablar entre hombres, y ella deja claro que su autoridad nace del hecho de dar vida. Ahí se resume una idea poderosa: parir, sostener y proteger también es una forma de poder.

Hace algunos días también circuló la noticia de que Martha Higareda, actriz y productora mexicana, sufrió preeclampsia posparto. Más allá de quién sea, el hecho recuerda lo complejo y retador que es dar vida. El embarazo y el posparto no son procesos sencillos ni “naturales” en el sentido romántico que muchas veces se vende. Son pruebas físicas y emocionales extremas. El cuerpo de una mujer se transforma, se desgasta, se arriesga, y aun así sigue adelante.

La mayoría de las mujeres que lo han vivido aseguran que vale la pena y que todo se resignifica cuando tienen a su hijo en brazos. Sin embargo, eso no borra el esfuerzo ni minimiza el riesgo.

Decir que las mujeres somos fuertes no es un gesto de feminismo superficial, sino el reconocimiento de una realidad histórica. Basta con mirar atrás. Hace apenas un par de décadas, muchas mujeres cargaban con hijos, bolsas del súper y responsabilidades completas: el cuidado del hogar, la crianza y, en muchos casos, el sostén emocional de la familia. Todo eso sin apoyo, sin reconocimiento y sin descanso. Mientras los hombres trabajaban afuera, ellas sostenían la vida dentro, día y noche, sin salario ni aplausos.

Hoy, afortunadamente, los tiempos son otros. Hay nuevos retos y más voz. Ser mujer a veces también implica haber sido traicionada, desplazada, haber perdido el rumbo o haber sido empujada más allá de lo que parecía posible. En esos momentos queda claro que la fuerza no siempre viene de afuera. Es una capacidad interna: adaptarse, sostener, cuidar y volver a empezar.

Así que, más que discursos grandilocuentes, queda la certeza. Llegamos a 2026 como mujeres conscientes de nuestra historia y de nuestras contradicciones. No perfectas ni invencibles, pero firmes. Capaces de avanzar sin olvidar de dónde venimos ni todo lo que ha sido necesario para seguir de pie.

Todos los comentarios son bienvenidos a veronica@vaes.com.mx

Nos leemos, la próxima vez. Hasta entonces.

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Verónica Valencia

VERÓNICA VALENCIA GÓMEZ es periodista especializada en Tecnologías de la Información, cuenta con una maestría en marketing digital. Es consultora de comunicación y mercadotecnia en Vaes Comunicación. Ha trabajado en periódicos como Grupo Reforma, Milenio y El Mañana de Reynosa.

Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autora, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx

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