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Hablemos de Dios 265

Gracias por todos sus comentarios y apostillas. Nunca me cansaré de agradecerle sus atenciones. El éxito de esta saga de textos donde exploramos a ese inasible llamado Dios y a su hijo y toda su parentela divina, el éxito de esta saga de textos es suya, no mía.

Mucho eco ha causado esta exploración del maestro Jesucristo desde una, digamos, arista psicológica, una arista humana, muy humana. Y si hablamos de un hombre como usted y como yo, pues es necesario hablar de un amasijo de contradicción, incluyendo todo lo que nos rodea en la mente: ira, celos, envidia, locura, volatilidad de carácter, fe, delirios, insomnio, esperanza… en fin, lo cual nos hace humanos.

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Jesucristo no siempre es lo que usted se imagina, no es como lo pintan y si usted lee la Biblia y profundiza un poco en ella, hay algo de inmediato que salta a la vera del camino: ¿Si a usted lo acusan de estar loco, usted qué haría? A Jesucristo lo acusaron de ello: Juan 10:20. Así de sencillo y complicado. Y lo anterior en mi caso, inmediatamente lo emparento con la literatura, con la música, con los artistas, con los pintores, con los poetas los cuales han dejado la vida en jirones en este planeta tierra.

Avanzamos: Hay mitos perdurables. Conforme pasa el tiempo, no sólo no envejecen, sino que adquieren nueva vida y adeptos. Uno de ellos es Alejandra Pizarnik (Buenos Aires, Argentina, 1936-1972). Su figura es un culto al mito, como lo es a Silvia Plath, Carson Mcullersh, Virginia Woolf, Emily Dickinson… Pizarnik, como las anteriores escritoras deletreadas, es muy leída e imitada.
En el año 2017 se cumplieron 45 años después de su muerte (cifra redonda). Se suicidó en Buenos Aires en 1972. Conforme pasa el tiempo y los años, su muerte se agiganta. Se agregan letras al mito y de lugares apenas imaginados, sirguen nuevas letras de su pluma que abonan imágenes a la leyenda. Se rescata absolutamente todo de sus letras.
De obra más bien parca, a los 36 años dejó la vida sobre la tierra y se unió a la eternidad, hoy se ha publicado un volumen de su correspondencia el cual se une a la edición de sus diarios (“Diarios”, editorial Lumen. Y “Nueva correspondencia”, Lumen, 2017), dándonos un perfil casi completo de la escritora que atormentada y siempre en el borde de la locura y la insostenible existencia, decidió mejor y bien morir, a seguir en Buenos Aires (se atascó 50 pastillas de un barbitúrico luego de salir de un hospital psiquiátrico un fin de semana).

Vida al límite, su obra poética tiene que ver más con el silencio (lo que no dice), que en lo nombrado en lo escrito. Dicen sus versos: “Mi infancia sólo comprende/ el viento feroz/ que me aventó al frío”. En su periodo de vida en París (1960 y 1964), cuenta en sus cartas de “He andado publicando algunas cosas en revistas de por aquí…” mientras “trabajo en sitios infames para ganarme el duro pan de cada noche”.

ESQUINA-BAJAN

Todos, todos los escritores tienen que ver con Dios. Por eso hablamos de él y lo buscamos. Caray, qué le vamos hacer, así es la vida de los poetas. De nosotros los escritores a los cuales se nos asigna un dios o un demonio (es el mismo, vaya) cuando vamos a mojar nuestra pluma en el río tempestuoso de la creación. Y este liminar viene a cuento porque en sus cartas, en su correspondencia, reiteradamente dice de estar leyendo “El Talmud”. A Arnoldo Calveyra le escribe: “¿Qué leíste en estos meses? Yo leí ‘El Talmud’. Es terrible y bellísimo”.

Terrible y bellísimo, ¡qué definición! Y es que el “El Talmud” carga con estos fardos en sus páginas. Ya en su presentación (sigo la obra de “El Talmud” de Iser Guinzburg en traducción del idisch de Salomón Resnick, con una introducción de José Mendelson fechada en Buenos Aires en octubre de 1937 y usted lo sabe, es de alta prosapia y linaje detallado, el devenir de los impresores y editores judíos en Argentina. Hay un libro de genealogía al respecto. ¿Qué edición de “El Talmud” leyó Pizarnik? ¿Es esta misma edición que hoy yo tengo en la mano?

“No hay que ensalzarlo hasta el exceso como algo enteramente sagrado y sublime, como un dechado de ética y moral, de amor a los hombres y a los pueblos, y tampoco hay que condenarlo como obra demoniaca, como colección perversa y secreta que predica el odio contra los no judíos…” Sin duda las letras perturbadoras que dejó escrito Alejandra Pizarnik: obra bella y terrible, turbulenta a la vez.

Pero “El Talmud” es como la Biblia, no un libro, sino una colección de libros de Rabinos y sabios judíos que es una especia de Ley oral (antes que la escrita que se le dio a Moisés) que abarca todo lo posible en una imbricación entre vida social y religiosa sin distingo alguno. El libro es hermético y poderoso, por eso se le teme no pocas veces. A los hermanos judíos, para usar una expresión del chef Juan Ramón Cárdenas, sí “les gira la piedra”.

Cuando hablan los rabinos en sus sabias disquisiciones sobre el cambio o la entrada de un Dios universal sobre un Dios local y regional, es decir el Dios del Deuteronomio, apuestan al Dios “único” y también, al Dios “incorpóreo, falto de figura”. Le digo, la idea de Dios es humana, muy humana. Pizarnik murió en aureola de santidad y locura: se suicidó.

LETRAS MINÚSCULAS

Vida, lectura, poesía y locura, ¡gran combinación! Vamos iniciando esta parcela: la locura de Jesucristo.

Comentarios
JESÚS CEDILLO

Periodista, escritor y poeta, con más de 40 años en la legua cultural y explorando el mundo.

Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx

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