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Hablemos de Dios 260

Este no es mi mundo. Usted, si me ha leído con cierta frecuencia en este generoso espacio, lo sabe. En honor a la verdad no tengo ningún empacho en seguirlo repitiendo. Hasta el hartazgo.

¿Es trillada la frase «todo tiempo pasado fue mejor»? ¿Vivo atado entonces con nostalgia, melancolía y sufrimiento a un pasado remoto, el cual jamás va a regresar? No. Absolutamente no. Lo único y cierto es: el presente y futuro no me interesa. Recuerdo el pasado y un esbozo de sonrisa aflora en mi enjuto rostro.

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¿Disfruto el presente? Sí, a secas. Son matices. ¿Veo o me preocupa el futuro?
Absolutamente no. El futuro no existe. Es literal. ¿Voy a vivir o voy a morir? Caray, cuando llegue ese momento, sin duda lo voy a habitar. Soy el único destinado a ello.
No puedo mandar a nadie más.

¿Yo, patético humano, necesito liberarme del pasado y necesito ser restaurado?
Tal vez sí, hay dos citas bíblicas muy soco-rridas. Lea: «Olviden las cosas de antaño;
ya no vivan en el pasado. Voy a hacer algo nuevo». Es Isaías 43:18-19. Luego se lee en Eclesiastés 3:15: «… Dios restaura lo que pasó».

El problema es el siguiente: se dice rápido y hay gente que lo puede hacer y cumplir. No es mi caso. Por eso, porque soy humano, demasiado humano, cometo más errores que aciertos.

Por lo anterior, y para mí, es casi imposible seguir las enseñanzas de Jesucristo.
Para mí es tarea titánica tratar de imitar las características, tipología y carácter psicológico del maestro Jesús de Cafarnaúm. Es decir, escribo estas torpes líneas a días de la celebración de la Navidad, de la nativi-dad, del nacimiento de Jesús en Belén.
(Imagino las voy a mandar y corregir debidamente en enero a mis editores de gala).
Cosa nada menor porque él y nadie más cambió el eje de la tierra con su paso efímero por la vida terrena.

Escribo estas líneas justo antes de Navidad. Digo, debería de hablar de las características psicológicas de Jesús y poner el acento en todas sus partículas positivas:
cómo logró superar el dolor físico y emo-cional, cómo combatió y le ganó a la icteri-cia; hablar de su restauración inquebran-table, su gratitud; su regalo del perdón, su eterno y «maravilloso» amor… Creo usted lo notó: puse entrecomillado el adjetivo
«maravilloso» porque es tono de burla y escepticismo de mi parte. Seamos francos:
jamás voy a utilizar este tipo de lenguaje.

«Motivacional» y «de superación perso-nal», es basura para mí.

Imagino que si a usted le ponen una hoja en blanco en un curso/taller de eso llamado «Sanar el alma», «Superación per-sonal» o «7 peldaños al éxito» o «19 pasos al amor y la fama» o cientos de ellos con títulos rimbombantes para engatusar a gente desesperada, digo, si le ponen una hoja en blanco y le piden escribir lo más gratificante de Jesucristo, no dudo usted va a hilvanar lo siguiente: misericordia, favor, perdón, gratitud, tolerancia, paciencia, autorrealización, autodesarrollo, generosi-dad, solidaridad, esperanza… ¡Caramba, la lista no tiene fin!

¿Usted lo hace? Lo felicito. Pero, lo dudo. Si todo mundo siguiese la retahíla de buenos deseos almidonados y en su sitio, el mundo sería perfecto. No es así. Es decir, somos humanos, demasiado humanos. En Juan 16:33 se lee: «Estas cosas les he hablado para que en mí tengan paz. En el mundo tendrán aflicciones, pero confíen, yo he vencido al mundo». Relea el parágrafo anterior por favor. Cuantas veces sea necesario.

ESQUINA-BAJAN

Le pregunto ¿quién venció al mundo? Pues él. El maestro, el hijo de un Dios. Pero usted y yo somos humanos, pinches patéticos humanos. Y la mayoría de las ocasiones a nuestro paso por la tierra, no vencemos (por las buenas) ni a nuestra pareja ni a nuestra familia en cosas menos vamos a vencer al mundo.

¿Cuáles serían otras características de Jesucristo que usted podría enumerar? Sin duda: su autoridad, su austeridad, no malos pensamientos, valentía, no hacía caso a las ofensas de los vecinos, tuvo objetivos claros y precisos, era seguro de sí mismo, enfrentó cara a cara su depresión, su sufrimiento. Pues sí, una maravilla de humano. Un humano que era hijo de… Dios altísimo. Ni usted ni yo podemos llegar a tanta perfección de varón sobre la tierra.

Matemos esta triste charada hoy: es imposible usted y yo (al menos yo) sigamos milimétricamente los pasos de Jesucristo. De hecho, en su momento, ni sus propios amigos y discípulos pudieron lograrlo. No obstante el gran maestro les enseñaba diario y los fulanos lo podían tocar y amar.

Usted lo sabe ¿qué hizo Judas? Lo traicionó por un puñado de monedas, de dinero.
¿Qué hizo Pedro? Pinche cobarde. Ante una sirvienta, una triste y vulgar sirvienta, negó al maestro tres veces. Ojo, no ante un consejo de guerra, no ante el emperador, no ante la guardia pretoriana, no; lo negó tres veces ante una sirvienta antes de que cantara el gallo. ¡Caray!

Humanos, somos humanos. Yo tengo todos los defectos y yerros, todos. Uno de ellos: lo reclamo todo. Me quejo y reclamo.

Así de sencillo. ¿Es malo, es bueno? No lo sé. Sencillamente así soy. Me reconozco entonces, en los versos siguientes, en las palabras de Jesucristo clavado y agonizando en la cruz. Sí, él, hijo de un Dios dijo y reclamó… «Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?» (Marcos 15:34.).

LETRAS MINÚSCULAS

Sí, Jesús reclamó y gritó lo anterior voz en cuello. ¿Qué puedo hacer yo, triste y patético humano? Eso: reclamar.

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JESÚS CEDILLO

Periodista, escritor y poeta, con más de 40 años en la legua cultural y explorando el mundo.

Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx

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