Creo que soy la última persona que vio la exhibición sobre Frida Kahlo en Houston, una hora antes de que cerrara de forma permanente.
Yo a Frida la amé desde que era niña y conocí su casa-museo en Coyoacán. En ese entonces me conmovió mucho su sufrimiento y me sigue conmoviendo, hasta el día de hoy.
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Como ocurre con los personajes que se convierten en iconos de un país, he construido una relación con Frida que pasa por la contemplación estética y el aprecio simbólico, pero también por el desagrado ante lo que los mercaderes han hecho con ella.
Frida fue una artista tremenda, con una carga transgresora tan fuerte que nos ha tomado muchas generaciones procesarla. Mujer de género fluido (lo que ahora llamaríamos, sin dudarlo, queer), discapacitada, genia, fuerza de la naturaleza, víctima del machismo, comunista.
Todo eso y más. Como a cualquier icono, la gente la ha apropiado para adaptarla a sus necesidades. Si pasó algo así con la mismísima virgen de Guadalupe, por qué no habría de pasar con Frida?
Así es como los chicanos se la apropiaron para convertirla en un icono feminista, queer, decolonial, indígena y transfronterizo. Sin el factor chicano, es impensable que Frida hubiera trascendido las fronteras de México para convertirse en una mercancía de consumo global.
Pero dejemos a lado la fridomanía y el repelus que pueda ocasionar. Quiero centrarme en lo que Frida realmente fue, dentro del tiempo y el espacio que le tocó vivir. Una mujer bicultural, alemana-mexicana, cuyo dominio del alemán le permitía posicionarse en espacios cosmopolitas.
Una mujer blanca (lo que ahora denominaríamos «whitexican») que vivía en Coyoacán y que sin ser rica, tuvo una vida privilegiada y acomodada, tanto por su origen familiar como por su relación con el sapo. Sin ese factor, nunca hubiera sobrevivido a sus terribles problemas de salud.
Una mujer que, como las personas de su clase y raza, tenía sirvientes indígenas a su disposición. Una mujer que confesaba sin tapujos que nunca había ido al Istmo de Tehuantepec ni tenía una conexión con esa cultura (a pesar de que su madre era de Oaxaca), pero que se apropió de esa vestimenta para construir a su personaje.
No hay nada indígena en Frida. Su uso de las culturas indígenas es cosmético. Ella y el sapo coleccionaban «piezas prehispánicas» por admiración al pasado indígena, no porque tuvieran un interés particular en los indígenas vivos.
Su visión de lo indígena es antropológica y distante de los indígenas de carne y hueso. Frida y Diego fueron los típicos mestizos blancos que acudían al pasado indígena para parchar una crisis de identidad histórica ocasionada por las élites criollas y su afán de desindianizar México.
No les interesaba aprender lenguas indígenas, comunicarse con esos sujetos, vivir entre ellos, conectar con ellos desde la horizontalidad. Les interesaba lo que podían apropiar, reconvertir, resignificar para inventar la identidad nacional mexicana. El experimento les funcionó.
Seguimos hablando de Frida y Diego no solo como los artistas más trascendentales del siglo XX mexicano, sino también como ejemplos de la reivindicación de las culturas indígenas (!!!). Frida la apropiadora ha sido apropiada de una forma incompatible con la realidad.
Este despropósito es sólo posible en virtud de la ignorancia y el desprecio que siguen prevaleciendo hacia los pueblos indígenas vivos. Si su referente de lo indígena es el que se presenta como el traductor cultural blanco, aunque sólo hable español, el que se viste de indígena sin tener la menor idea o interés por la gente que produce y reproduce esa cultura, lamento desilusionarlos, pero lo que realmente celebran es el extractivismo cultural.
No estoy llamando a cancelar a Frida por extractivista. Afortunadamente, ella fue más que eso. A lo que sí haría un llamado es a dejar de verla como representante del folklore, lo vernáculo o la tradición milenaria.
Frida es un ejemplo de cómo no utilizar la cultura de los pueblos indígenas para crear un performance de identidad.

Adela Cedillo
Doctora en Historia de América Latina por la Universidad de Wisconsin-Madison Es licenciada en Historia y maestra en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado artículos en revistas indexadas y de divulgación y capítulos en obras colectivas sobre la guerra sucia mexicana, las organizaciones armadas revolucionarias, los derechos humanos y la guerra contra las drogas. Tw @Eliseirena
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autora, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
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