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Café Montaigne 385

Es tiempo de hablar de la vejez. En mi caso, de mi vejez. Nadie se sienta aludido. Es decir, el pasado domingo 1 de marzo llegué pleno y jubiloso a mis últimos 61 años sobre la tierra. No hay otros. Así de sencillo.

Y me siento feliz y jubiloso de irme en cualquier momento de este planeta Tierra, el cual, seamos francos, no me merece.

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Estoy viejo y feliz. Muy feliz. Desde la más remota antigüedad, al ver su rostro sobre las aguas de un río, el hombre ha visto pasar su vejez, sus arrugas, y se interesa en ello.

¿Envejecer con dignidad? Hoy nadie lo acepta ni lo quiere. Hoy la ciencia hace creer lo contrario: retrasar lo más posible la decadencia inevitable. Lea usted unos versos del gran Miguel de Cervantes: “¿Qué es la vejez? Una visión literaria. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas, menguan y, con esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”.

En lo personal, insisto, me siento bien. Bastante bien así de viejo y arrugado. Y como estoy viejo, guapo y elegante, las señoritas y las no tanto me siguen como abejas al panal. ¿Qué hacer? Sencillamente, en mi caso, nada. Solamente aceptar, inexorablemente, lo cual venga: bueno o malo. A esta edad, ¿a quién le interesa?

En el invierno de mi vida, mi padre Dios me ha regalado la compañía de la camarera regia, Jazmín. ¿Me va a botar de su vida? Sin duda. Cuando ella lo decida. ¿Qué voy hacer? Pues lo único a la mano: sufrir. Así de sencillo y complicado.

Hoy todo lo veo con ojos de anciano, como lo soy. Hay unos versos de James Joyce, ese viejo rabioso y genial, el cual es recordado por su prosa, pero poco por sus versos, los cuales son matones. Lea usted: “Los ojos que se burlan de mí señalan el camino por donde paso al atardecer. Camino gris cuyas señales violetas son el encuentro amoroso y la estrella entrelazada”.

La bella camarera regia, doña Jazmín, me dice al oído: “Ay, Jesusito, no te conozco y no dejas que te conozca, flaco, eres muy duro. Mira, eres un pedazo de imbécil. ¿Sabes por qué? Porque estás tan flaco que no llegas a imbécil completo. ¿Estamos? Ay, Jesusito, si serás un estúpido, ¿por qué no me dijiste cuándo cumplías años? Y soy una pendeja al no haberte preguntado. Ay, mi flaco, dime, ¿qué quieres de regalo? Eh, pero algo que pueda para usted. Anda, dímelo, dime cómo vengo vestida la próxima vez y dime si vas a abusar de mí, como perrita, que soy tuya…”.

Señor lector, tengo ya 61 años y entrados en 62 (sí, el modelo para armar de Julio Cortázar). ¿Voy a vivir más? No me interesa. Con este chingadazo de vida es suficiente. He vivido y he disfrutado. Por cierto, me he casado dos veces, por lo cual pido disculpas. La verdad, no creo en el valor legal de ello, pero he tenido varias novias y parejas con las cuales es mejor el haber estado con ellas y sin casarme.

ESQUINA-BAJAN

¿Qué hace Jazmín a mi lado a sus insultantes 24 años? Ella lo sabrá. No le he preguntado ni le voy a preguntar. Sencillamente, está a mi lado. ¿Me disfruta o me padece? Las dos cosas. Estoy canoso y lleno de sueños, como en aquel poema de William Butler Yeats. Le platico de mis sueños a la güera Jazmín y ella sólo escucha. Escucha y me observa. Me repasa obsesivamente y al final me dice: “Cuéntame más, Jesusito…”.

Le vuelvo a decir a usted sobre lo siguiente, estimado lector: “En la boyante y creciente industria de la longevidad se cuela un término que, si bien podría parecer ciencia ficción, es mucho más natural y lógico. Hablamos del ‘biohacking’, que resumido en pocas palabras, significa optimizar nuestro cuerpo para, de alguna manera, poner en situación comprometida su proceso natural de envejecimiento…”.

¿Usted entendió algo? Va otro párrafo del reportaje de la revista Vogue en su edición internacional, la cual hemos repasado aquí: “Los entrenamientos de HIIT, los ejercicios de fuerza isométrica y los compuestos ayudan a aumentar la masa ósea y muscular e, incluso, a mejorar las conexiones neuronales. Todo esto tiene un impacto profundo en la reversión de la edad biológica”.

¿Edad biológica? Puf. Soy un anciano para la güera Jazmín; su papá, me ha dicho ella, es más joven a este escritor. ¿Qué hace a mi lado, qué hago yo a su lado? Pues eso, esto, vivir. ¿Explicarse el mundo a mi edad? Ya no me importa, jamás me ha importado. Por un motivo: soy viejo, siempre he sido viejo. Y me gusta, quisiera ser viejo por siempre. Cosa imposible.

“Oye, Jesusito. Sí te quiero, estúpido flaco. Pero eres tan duro. Sé pocas cosas de ti: sé que te has casado dos veces y que no tienes hijos. Bueno, tus libros, me has dicho, tus libros son tus hijos. Oye, baboso, anda, quiéreme porque yo sí te quiero. No te lo digo porque luego te me emocionas, mi escritor, pero sí te quiero… ¿Algún día vas a escribir algo de mí? ¿Sí te inspiro algo? ¿Ya viste? Te estoy abriendo las piernas aunque todo mundo vea, acaricia mis muslos un poco, traigo la minifalda muy corta y creo ya lo sabes… hoy no traigo calzones…”.

LETRAS MINÚSCULAS

Esta patética historia de mi vejez continuará el próximo jueves…

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JESÚS CEDILLO

Periodista, escritor y poeta, con más de 40 años en la legua cultural y explorando el mundo.

Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx

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