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Café Montaigne 384

No quiero ser eterno. Jamás lo he querido y menos deseado. La vida es un pedazo de paraíso, un suspiro sostenido, una voluta de humo, la cual jamás se apresa en el puño de la mano, y luego… plof, la nada. Ignoro para qué se quiere vivir más… y peor.

Es decir, no se ha alargado la juventud, sino los achaques y enfermedades de la vejez.
–Oye flaco, estás cada vez más flaco, ¿lo sabes? Así me gustas y me la paso bien contigo; de hecho, los gordos no me gustan. Con estar gorda yo, es suficiente. Pero estás reseco, ingrato Jesús.

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Ahora bien, en todos los restaurantes todo mundo te voltea a ver por eso: por lo flaco, elegante y tu barba, bigote y cabello blanco. No te me emociones, estúpido, es un halago nada más, pero me da gusto lo anterior. Siempre comes poco, muy poco, pero imagino está bien de salud. Nunca te quejas y, mmm, funcionas bien a tu edad, estúpido flaco…

Las anteriores palabras y reflexión me las regaló la güera, Jazmín, la camarera regia, quien en el ocaso de mi vida me trae jodido. Es decir, la disparidad de edad es más evidente cuando caminamos juntos. La disparidad de edad es una buena comparación cuando estamos sentados en una mesa y estamos parlando. Las parejas nos voltean a ver. ¿Nos juzgan? A mí en lo particular no me interesa. ¿A la güerita de muslos de porcelana, pechos puntiagudos, los cuales caben en los huecos de mis manos? Tampoco.

Le platico a Jazmín: “Oye, güera y flaca, mira, la vejez no es un lastre ni la peor etapa de la vida, sino, al menos para mí, la mejor. Hay un poeta, negro se le dice, pero hoy es muy penado lo anterior. Es un poeta, el cual ganó el Nobel de Literatura; es Derek Walcott. En verdad no sé si viva o muera. Pero como usted dice de mis ‘amigos’ y ‘amigas’ cuando te regalo libros de ellos, pues este también es mi amigo. Tiene poemas memorables, pero uno de ellos, el cual en esta tarde recuerdo una parte, no todo, es ‘Volver a los Árboles’. ¿Sabes de qué habla, Jaz? De la relación entre la naturaleza y nosotros los humanos, y más en la vejez… hombres viejos como yo, él los compara con el roble y el almendro…”.

–Ay, pinche Jesusito lindo. ¿Ya ves por qué estoy contigo? Qué bello hablas y de cosas que me aprendo. ¿Ya viste que no soy una pendeja como la perra de Julieta? Creo lo sabes, sigue atrás de ti. Todo el tiempo comenta de ti, de cómo vienes vestido, de tu copa de vino tinto y, claro, la muy maldita me odia. Cosa que me tiene sin preocuparme, ¿ok?

“Oye, Jaz –le digo en nuestra mesa del Hotel Ancira–, ¿y mi regalo? Usted dijo de un regalo para su servidor…”. A lo cual en un segundo me reviró: “Jaja, mira, Jesús, escritor, entiende, yo mando, ¿ok? Yo sabré cuándo te lo doy y si te lo doy, ¿estamos, mi poeta? Espérate, te va a gustar mucho y te voy a tener más atado a mi cama, más que nunca…”.

Estimado lector, no he ido con mi médico, doctor, chamán y mago de cabecera, don Carlos Ramos del Bosque. Médico internista él. Sí, me ha salvado de la muerte no pocas veces. No he ido por un motivo: achaques me llegan diario, pero es la vejez… y no tengo problema alguno en ello.

Lo asumo: me he raspado la vida de la chingada y lo sigo haciendo. Una gran amiga me ha regañado harto por esta etapa de mi patética vida y me lo dice una y otra vez: “Ya deberías de apaciguarte… eres un viejo”.

ESQUINA-BAJAN

¿Quiere usted estar guapo, todo siliconado, todo mamey, todo musculoso y todo vitaminado en su vejez? Lea lo siguiente. En honor a la verdad, no he entendido ni madres: “Tenemos exactamente 56 músculos en el rostro, pero preferimos ejercitar los del cuerpo con sentadillas y abdominales varios, aun sabiendo que la cara es el espejo del alma.

Esta es una de las conclusiones que saqué tras una hora de clase y entrevista posterior con Leila Haddioui, creadora del método de cuidado del rostro Bovisaj y yoga facial…”. Y un largo, largo párrafo en etcétera.

No es broma. Es un reportaje monstruo en la prestigiosa revista Vogue en su edición internacional, febrero 2025. Todo, todo gira en torno a no ser viejos, a ser eternamente jóvenes, o lo cual ellos etiquetan como “hackear a la vejez”. ¡Puf! La vejez, el invierno de mi vida, lo disfruto a placer cada día, cada lectura, cada viaje (aunque mi espalda rota y partida en dos reniegue de ello), cada copa, la cual me hace eso, vivir y desear más.

Lea el siguiente poema: “Cada anciano que veo me recuerda a mi padre cuando se enamoró de la muerte una vez, cuando recogieron las gavillas”.

Los versos son de Patrick Kavanagh. Le platico entonces de mis padres a la güera. Le digo de mi madre, menuda, feliz y ligada a los hijos y al fogón familiar. Le digo de mi padre, el sastre de oficio, encorvado en su labor milimétrica en su máquina de coser (Singer, la mejor), le digo de su manera de vestir y de mi pálida imitación con la cual crecí. Le cuento…

Jazmín me interrumpe. Me espeta: “Ay, flaco, me haces llorar. Mira, sin conocerlos, ya los conozco. Qué lindo recuerdo de ellos, aún los amas… ¿Decías de tu regalo? ¿Ya viste que traigo una gabardina larga, aunque muy abierta de las piernas? Jesús… no traigo nada abajo. Nada… ¿Qué vas a hacer?”.

LETRAS MINÚSCULAS

Esta patética historia de mi vejez continuará el próximo jueves…

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JESÚS CEDILLO

Periodista, escritor y poeta, con más de 40 años en la legua cultural y explorando el mundo.

Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx

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