La icónica frase «que veinte años no es nada» proviene del legendario tango de 1934 «Volver», compuesto por Alfredo Le Pera e inmortalizado por el argentino Carlos Gardel. La letra describe el dolor y la nostalgia persistentes de un exiliado que regresa a casa, afirmando que dos décadas han pasado volando.
Desde entonces, la frase se ha convertido en un famoso proverbio cultural utilizado en toda Latinoamérica para reflexionar sobre la rapidez con la que pasa el tiempo, especialmente ante pasiones duraderas, recuerdos entrañables o sentimientos no resueltos, pues si «veinte años no es nada», cuarenta años tampoco.
LEE MÁS DEL AUTOR MARCOS DURÁN FLORES
Y es que ayer se cumplieron 40 años de ese partido de futbol que un 22 de junio de 1986 se jugó en el estadio Azteca. Solo en mi casa, en lo que hoy es el centro de Saltillo, en el barrio de San José, con una televisión del tamaño de cualquier tableta de hoy día; el partido Argentina contra Inglaterra en cuartos de final narrado en México por don Roberto Hernández Junior.
El día en que el sistema lo coronó como el mejor de los mejores, un dios de figura baja y corpulenta, burlando rivales, abriéndose paso con su pierna izquierda. Ese día, comprobé el vertiginoso hechizo donde un solo partido, se convirtió en un microcosmos de toda la carrera de Maradona con la “Mano de Dios” y cinco minutos después el mejor gol de la historia del fútbol. 40 años de su majestuosa jugada individual, la oda al gol y la gambeta rioplatense, la del recorrido de 61 metros driblando a Glenn Hoddle, Peter Reid, Kenny Sansom, Terry Butcher, Terry Fenwick y el arquero Peter Shilton.
Yo tenía 15 años y recuerdo que me puse de pie espontáneamente y aplaudí. Fue genial; no podía creer lo que había visto. En tan solo cuatro minutos, había llorado, reído en una mezcla que me provocaba incredulidad y admiración. Maradona subiendo al panteón argentino, a los campos elíseos del río de la Plata. No saben cuánto hubiera dado yo para que mi hijo Rodrigo hubiera estado ahí conmigo, ese día en que el Diego de 25 años conquista el Mundial del 86.
Y es que le he contado hasta el cansancio que una vez hubo un niño con un pie izquierdo mágico. Un jovencito nacido en la pobreza del barrio Villa Fiorito de Buenos Aires en donde él mismo describía en una de los cientos de biografías que le escribieron “Yo crecí en un barrio privado de Buenos Aires. Privado de luz, de agua, de teléfono”.
Uno que, a los 10 años, deslumbraba a los estadios durante el medio tiempo en los partidos de fútbol profesional con un show en donde hacía flotar el balón con su pie, la rodilla, la cabeza, perdido en un éxtasis travieso y cuando los árbitros intentaban detener el show del niño y volver al segundo tiempo, la multitud los abucheaba.
Un terremoto en sí mismo. Se peleaba con todos y también ayudaba a todos. Un hombre impulsivo, arrebatado, pecador algo así como lo que muchos años antes dijera el escritor Jean Paul Sartre “Mitad víctima, mitad cómplice, como todo el mundo”.
Diego fue una especie de ficción, una que le intento explicar a Rodrigo mi hijo, quien en el invierno del 2020 me abrazó con fuerza al verme llorar por la muerte del genio como si se tratara de una tragedia familiar y al que aburro mostrándole el video del juego en el Azteca de ese muy lejano día 22 de mes de junio de 1986, hace ya cuarenta años.
Maradona tenía esa necesidad de confrontación permanente. Lo mismo se acercó a Fidel Castro y Hugo Chávez. Fue un hombre que perdió todas sus guerras personales como sus adicciones y acusaciones de maltrato a las mujeres. Camaleónico, de pronto se le veía atormentado y con la cara hinchada atacando ya no a rivales en la cancha sino a enemigos unos reales y otros imaginarios.
Que tuvo un declive prolongado, una lucha pública dolorosa con sus adicciones. Desde entonces, el mundo del fútbol se enfrentó durante 20 años a un futuro sin Maradona, sin que surgiera nadie que reemplazara su genio, hasta que apareció Messi, que 40 años después, con su magia, se convirtió en goleador histórico de los mundiales y en el mejor de todos.
¿Entonces cómo hago entender a mi hijo que Diego era el mejor y que nunca habrá otro como él? Mi hijo me abraza fuerte porque ve cómo su padre llora por un futbolista que se llamaba Diego Armando Maradona, un genio que jugó como quiso y vivió como quiso.
@marcosduranf

MARCOS DURÁN FLORES
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
MÁS EDITORIALES, ARTÍCULOS Y REFLEXIONES EN ASÍ DICE