A nuestros hijos Verónica y Ernesto y a nuestro nieto Ernesto
La mirada no es la común -naturalmente luminosa- en esta mujer dulce y enamorada de la vida, pero, aún así, no tanto como de su esposo Ernesto y de su hijo Ernesto.
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Su nombre es Verónica, pero igual puede llamarse Luz, Amor, Bondad, Fortaleza, virtudes anidadas en su alma transparente y pura. Acompañada por sus «Netines», su hermana política Ana Cristina, su sobrina Valeria y su novio Alejandro, Verónica no miraba a la cámara del teléfono móvil. Es la única que levanta la vista al cielo con su sonrisa serena. La fotografía fue tomada en la capilla del Santo Madero la Semana Santa de 2025.
Vero guarda, revestida de Cristo, un temor hondo. Perseguida por la espada sin cuartel, bien puede apresurarse, angustiarse, correr, tornar su expresión cálida en amargura.
Mas si lo hace negaría su esencia, enturbiaría el manantial que es. Frente a esa realidad cruel, decide prepararse por si el acero la alcanza, como sucedió hace 14 años por primera vez. El filo la hiere, pero no la vence. Lucha denodadamente, transforma el dolor en esperanza. No protesta.
Ernesto está en todo momento a su lado, le infunde ánimo, le habla al oído, la mima. Después de varias semanas en cama y de múltiples procedimientos, vuelve a ponerse de pie y lleva las secuelas de su enfermedad con donosura.
Vero contempla desde el Santo Madero lo que, de acuerdo con mi fe, está solo reservado a los justos: ver abrirse el cielo. Sus ojos hermosos así lo reflejan. ¿Qué y a quiénes ve, además de Dios y de la Virgen María, cuya imagen, en la advocación de la Inmaculada Concepción, está a sus espaldas, casi oculta, en la fotografía?
Sin duda, el Paraíso; y en el Edén, a dos personas que la amaron profundamente: Victoria (Vicky), su madre, cuyos laureles comparte; y Luz María, su tía Nina, a quien acompañó, en un lapso de horas, en el momento más feliz de su existencia, el matrimonio de su hijo, y en el más triste: su muerte, en brazos de nuestra hija Ana Cristina, su sobrina y comadre.
Cuando la espada alcanza de nuevo a Vero, hace dos meses, su alma no se turba. Toma las cosas con sabiduría. En vez de acelerar el ritmo de la vida para convertir las horas en días y los días en semanas, opta por el camino contrario, el que más y mejor conoce.
El sosiego, no la queja ni el lamento; tampoco la negación, sino la ofrenda a Dios, la entrega, la dación. Disfruta cada momento. Sabe que esta vez la lucha será más cruenta, la hoja más penetrante y el dolor más intenso. Se angustia, pero no mortifica a los demás, abraza su cruz, la besa, sonríe y saca fuerzas de su fe, de su esposo y de su hijo amado.
Verónica falleció rodeada de amor. Estuve a solas con ella. La besé. Dormía, estaba en paz. Su amor inagotable mitiga la pena que sentimos muchos, incomparable al de sus Netos. Con mi esposa María Auxilio -su segunda madre-, nuestros hijos Ana Cristina, Gerardo y Yuria – quienes la ven como una hermana-, nuestros nietos Ana, Valeria, Caro y Gera, y yo.
Compartió momentos dichosos, risas, alegrías y tristezas. Vero llevaba la música por dentro, disfrutaba el baile, el canto. Le gustaba una balada cuyo título me causa gracia y le hacía bromas: «La abeja reina».
Para Ernesto y el fruto de su amor, Netito, cuya gracia, mirada e inocencia hereda, será siempre su reina, su tesoro. Vero tocó infinidad de corazones y los llenó de luz. Lo mismo en su querido Saltillo, al que siempre defendió, que en Toluca, Bowling Green, Kentucky, y Ciudad Acuña.
Lugar a donde llegaba, en un santiamén formaba grupos de oración y fiesta. De Acuña llegaron amigas en caravana para acompañarla por última vez. La capilla se colmó de flores y de gente que nunca dejará de amarla. Jamás en mi vida he sentido pena tan grande. ¿Duele así cuando se pierde a un hijo, a una hija? Porque Vero, para los Hernández López Romo, es hija y hermana. La aflicción de su padre, José María Oranday, debe ser aún mayor y más intensa.
Lo mismo que la de su melliza Aracely y la de sus hermanos Lorena y José María. Por su testimonio, Vero puede recitar: «He peleado el buen combate, he acabado mi carrera, he guardado la fe» (2 Timoteo 4:7). Siempre estarás, Vero querida, en nuestro corazón. Te vemos en el amor de tu esposo y en la ternura de tu hijo.
Nos haces mucha falta. Pero no puedes estar en mejor lugar ni en mejor compañía. Dejas muchas lecciones, que debemos seguir; e infinidad de tareas, que debemos cumplir.
Es la mejor manera de honrarte y respetar tu memoria.

Gerardo Hernández
GERARDO HERNÁNDEZ es periodista desde hace más de 40 años en Coahuila. Director General de Espacio 4.
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
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