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Treinta días que despertaron a Coahuila (2)

16 de abril de 1984 — Lunes Santo.

“El frío nos mordía, pero la marcha ya empezaba a tener, cocina, columna y corazón”.

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Dicen que hay días que no se caminan: se atraviesan.
Que hay madrugadas que no se viven: se sobreviven.
Y que hay territorios que no se recorren: se escuchan.

El segundo día de la marcha a México fue uno de esos días.
Un día en que la sierra de Arteaga abrió los ojos y nos miró caminar,
como quien observa a un grupo de hijos testarudos
que por fin se atreven a desafiar al destino.

I. La madrugada en Los Chorros: cuando el frío se vuelve maestro

La madrugada cayó sobre nosotros como un animal antiguo.
No era viento: era un colmillo.
No era frío: era un recordatorio.

La carretera 57 —esa serpiente larga, gris, indiferente—
nos recibió sin ceremonia, sin aplausos, sin piedad.
A un lado, los trailers rugían como bestias que no saben
que a veces la historia camina por la orilla de su asfalto.

El lugar emblemático de la sierra de Arteaga, conocido como “Los Chorros” amaneció con santos peleándose en la oscuridad
y marchistas que parecían sombras recién nacidas.
La baba se congelaba antes de tocar el suelo.
Los huesos crujían como ramas secas.

Y aun así, algo dentro de nosotros —algo que no sabíamos que teníamos—
se mantenía despierto.
A las seis, los cuerpos se levantaron solos,
como si la dignidad tuviera su propio despertador.

La sierra nos respiraba en la nuca.
No con lástima.
No con sorpresa.
Con reconocimiento.

II. La cocina que empezó a nacer del polvo: el primer corazón de la marcha

Toda marcha nace dos veces:
primero cuando se da el primer paso,
y luego cuando aparece la cocina.

Porque un movimiento sin fogón
es apenas una idea con frío.

Picazo, doña Silvia, Margarita, Amparo, la esposa de Catón, Mayela…
Las mujeres juntaron cuchillos, cacerolas, machetes, vasos,
como si la tierra misma les hubiera dicho dónde estaban escondidos.

La cocina se empezó a levantar ahí, entre piedras, ramas y humo, como un pequeño país que se niega a morir.

Y mientras el Gobierno fingía no vernos, ellas hicieron lo que los gobiernos olvidan:
dar de comer, sostener, organizar, cuidar.

Ignacio Zepeda “El Mexicano” llegó con su fuerza de taller.
Doña Eloísa se plantó en la enfermería como un árbol que no se dobla.
Camilo Torres imprimía volantes que olían a tinta y destino.

La marcha empezaba a tener órganos: manos, pies, voz, estómago.
Y, sobre todo, memoria.

III. Las necesidades del cuerpo: la pedagogía de la intemperie

En la sierra no hay excusados ingleses.
Hay árboles que guardan secretos,
nopaleras que ofrecen sombra,
huizaches que dan permiso si uno les pide con respeto.

Hacer nuestras necesidades fisiológicas
era un recordatorio de que el cuerpo también marcha,
de que la dignidad también tiene intestinos,
y de que la historia no se escribe desde escritorios calientes
sino desde lugares donde el frío muerde y la tierra huele a verdad.

La carretera 57 nos miraba con indiferencia.
El Gobierno también.
Pero la sierra no.
La sierra siempre mira.

IV. El momento en que la marcha se hizo animal

Cinco horas caminando.
Cinco horas en que la marcha dejó de ser un grupo
y se volvió un animal largo, terco, respirante.

Pero el animal tenía colmillos desordenados. Algunos compañeros gritaban a los traileros, querían pelear con el mundo, como si la rabia fuera brújula.

La sierra se tensó. El viento dejó de moverse. El camino esperó.

Y entonces tuve que hablar. No para mandar, sino para evitar que el animal se devorara a sí mismo.

—El que quiera andar de cabrón se regresa a chingar a su madre a Saltillo o a Torreón.
A la gente que no tiene nada que ver, no la vamos a molestar.

La frase cayó como piedra en el agua. Primero silencio. Luego orden. Luego camino.

La sierra escuchó. El animal se calmó. El camino siguió.

V. Comisiones, responsabilidades y la vida en movimiento

Sobre la marcha había que hacerlo todo:

repartir propaganda
boteo
conseguir comida
nombrar responsables
cuidar la retaguardia
mantener la moral
Y así se armó la estructura:

Juan José Esparza “El Chundo” – Tesorería
Anselmo “El Chemo” Pinales, Luis Adolfo Montañez “El Tívoli”, Óscar Martínez Amezcua, El Plata, José Robledo – Retaguardia
Julián Espinoza Tapia, Francisco Padilla Saucedo “Paquito Panda”, El Kalimán – Boteo
El Choper, los del PST y PSUM – Acopio de alimentos
Cada uno encontraba su lugar. Cada uno inventaba su forma de resistir. La marcha se volvía organismo. La sierra tomaba nota.

VI. El paisaje como prueba: la sierra nos mide

Los excusados ingleses quedaron atrás.
Ahora eran nopaleras que parecían guardianes,
huizaches que escribían advertencias en el aire,
lagartijas que corrían como mensajeras del desierto.

La sierra preguntó:
“¿De verdad quieren llegar a México?”

Michael Jackson y Air Supply respondieron desde algún radio perdido.
Chencho el Cincuentón gritó:
—¡Acabamos de empezar!

La sierra sonrió. A veces la dignidad necesita un loco que la despierte.

Los campesinos de Los Llanos nos dieron refrescos. La sierra tomó nota:
“El pueblo reconoce a los que caminan con verdad.”

VII. Ampollas, tos cuata y la pedagogía del dolor

Ese día las ampollas se levantaron como lunas heridas.
La técnica para curarlas era brutal,
pero la sierra no tuvo compasión:
“Si quieren llegar, tendrán que aprender a dolerse.”

Dormir a la intemperie era un pacto con el frío.
La “tos cuata” era un tambor desafinado.
Las cobijas olían a humanidad en guerra.

Pero la sierra sabía que el frío pule a los tercos
y que la dignidad, cuando se enciende,
no se apaga ni con viento helado.

VIII. El pueblo habla: radios, columnas, cigarrillos

La Policía de Caminos fingía vigilar.
La sierra los ignoró. El pueblo no.

Por la radio, la XEKS nos abrazó con palabras.
Los reporteros llegaron como testigos necesarios.
Guadalupe Robledo mostró una columna favorable
y la sierra murmuró:
“Las palabras también caminan.”

IX. Huachichil: el retiro y la permanencia

En Huachichil, cien estudiantes se retiraron.
La sierra no los juzgó.
Cada uno conoce el tamaño de su sombra
y el peso de su paso.

Pero los que quedamos, quedamos distintos. Más duros. Más conscientes.
Más nuestros.

El Estado tomó nota de todo, pero no anotó lo esencial: que cada volante era una chispa, cada peso un puente, cada mirada un pacto silencioso.

X. San Rafael: el descanso permitido

A las siete de la noche llegamos al Ejido San Rafael.
La sierra nos dejó acostarnos a un lado de la carretera,
como quien permite que un animal cansado
descanse junto a su río.

El cuerpo dolía. El espíritu no.

XI. Lunes Santo: la liturgia de la dignidad

No hubo incienso. Hubo frijoles.
No hubo procesión. Hubo columna.
No hubo sermón. Hubo volante.
No hubo milagro. Hubo organización.

La sierra habló por última vez ese día:

“Ya no caminan solos.
Ahora camina con ustedes todo aquel que sueña
con una universidad libre,
con un Coahuila que no se arrodille,
con un país donde el frío no sea destino
y la dignidad no sea delito.”

El viento bajó de los pinos como si quisiera cubrirnos.
La carretera 57 siguió rugiendo, indiferente.
El Gobierno siguió mudo, distante, cómodo.

Pero nosotros no. Nosotros ya no podíamos volver a ser los mismos.

Porque cuando la dignidad despierta, no pide permiso.
Camina. Y cuando camina, abre caminos que antes no existían.

Comentarios
Jaime Martínez Veloz

Luchador social, politólogo, incómodo al poder, ex legislador.Presidente del Centro de Estudios y Proyectos para la Frontera Norte “Ing. Heberto Castillo Martínez”.

Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx

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