El dólar se encuentra muy depreciado, como no sucedía en muchos años, lo que hace lucir a un peso fuerte. Sin embargo, este debilitamiento no es sólo frente al peso mexicano, sino frente a prácticamente todas las monedas relevantes del mundo. Y aunque muchos lo explican como un fenómeno circunstancial o externo, la realidad es que esta debilidad responde a una lógica más profunda: Estados Unidos la está induciendo para matar varios pájaros de un tiro.
Primero, un dólar barato favorece su política de relocalización industrial. Si el objetivo es que las inversiones regresen a territorio estadounidense, el tipo de cambio es una herramienta poderosa.
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Una moneda más débil vuelve más competitivas sus exportaciones, encarece las importaciones y hace más atractivo producir dentro de sus fronteras. En otras palabras: un dólar menos fuerte ayuda a que la industria regrese a aquel país, no sólo por motivos geopolíticos, sino por rentabilidad.
Segundo, es un mecanismo silencioso para “licuar” su deuda. Estados Unidos carga con un endeudamiento que ronda el 100% de su PIB. Un dólar débil, junto con la entrada en vigor de los aranceles a las importaciones, aumenta los precios. En ese contexto, la inflación se vuelve un aliado: disminuye el valor real de la moneda y, por lo tanto, reduce el peso de la deuda con el paso del tiempo. Si además el dólar pierde valor frente a otras monedas, el ajuste se amplifica. No es magia: es estrategia.
Este escenario también explica otra señal relevante: el oro. Los metales preciosos suelen ser refugio cuando la confianza en el valor del dinero se erosiona. Hoy el oro se encuentra en máximos históricos, no por casualidad, sino como consecuencia directa de un dólar debilitado. Cada vez más inversionistas buscan resguardar reservas fuera del dólar, en activos físicos como oro y plata, anticipando que este ciclo no será breve.
Y parece que la estrategia les está funcionado: con el dólar débil Estados Unidos está resolviendo muchos de sus problemas y, hasta el momento, no parece que tenga riesgo de perder su hegemonía como la moneda mundial de referencia.
¿Y qué significa todo esto para México? El llamado “superpeso” tiene doble filo. Por un lado, ayuda a controlar la inflación importada y abarata bienes del exterior. Pero también golpea la competitividad exportadora, presiona a sectores industriales y reduce el valor de las remesas y el turismo. Un peso demasiado fuerte puede convertirse, paradójicamente, en un freno para el crecimiento si se prolonga sin acompañarse de productividad.
El mensaje es claro: el superpeso no debe confundirse con fortaleza estructural. Es una coyuntura que tiene beneficios, pero también costos. La oportunidad para México está en usar este periodo de estabilidad cambiaria para hacer lo que sí depende de nosotros: elevar productividad, atraer inversión, modernizar infraestructura y fortalecer el Estado de derecho. Porque el tipo de cambio se mueve y es pasajero… pero el desarrollo se construye y es permanente.

Enrique Martínez y Morales
ENRIQUE MARTÍNEZ Y MORALES es empresario, economista y politólogo con extensa carrera en el servicio público tanto federal como estatal en Coahuila.
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
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