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Sobreviviente por siempre

Lo más difícil de procesar para un sobreviviente de violencia sexual es que nunca se puede dejar de ser sobreviviente.

No importa cuántos años transcurran, hay algo que nunca se cierra ni se termina.

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Puedes contárselo a tus familiares y amigos más íntimos o ventilarlo en redes sociales, pero no terminas de decirlo todo, nunca.

A veces emergen detalles reprimidos y su peso te hace naufragar. 25 años más tarde, tengo pesadillas esporádicas con mi agresor.

Ya ni siquiera está entre los vivos, pero todavía regresa a hacerme daño. Cualquier comentario sobre mi cuerpo me provoca ansiedad. Se siente como una equis sobre mi espalda que puede atraer a alguien a jugar al tiro al blanco conmigo.

Porque en la cultura patriarcal, las víctimas siempre somos culpables de ser atacadas por el simple hecho de existir. No importa cuántas veces el Derecho, la psicología y el feminismo te digan que el único responsable es el que perpetra la agresión, la sensación de que hay un problema contigo es difícil de erradicar.

La violencia sexual es tan difícil de superar porque ocurre todos los días, todo el tiempo. Ojalá fuera algo que solo les pasa a unos cuantos, como a quien lo parte un rayo del cielo, pero es algo que trastoca la vida de cientos de miles de mujeres, niñas, niños, hombres y elles.

Cada minuto. Tantísimes. Piensas que tienes que esconderte en una cueva porque el mundo exterior es demasiado hostil, con todos esos violadores circulando por las calles, sin frenos y sin castigo.

Ese desmesurado terror sexual se convierte en una pesadilla cotidiana. Siempre tienes miedo de que te vuelvan a atacar, que destruyan tu inocencia, que te hagan polvo la autoestima, que tengas que ponerle un alto total a tu vida por no poder salir de la parálisis y la depresión, que el suspenso dure años, que no sepas cómo seguir adelante, que se te quiten las ganas de vivir por completo, que sigas respirando y moviéndote por inercia, no por amor y apego a la vida.

Estadísticamente, un alto porcentaje de sobrevivientes se suicida.

En mi caso, los 25 años después del abuso han sido una sobrevida de la que me siento muy agradecida. Pude encontrarle un sentido profundo a mi vida y ser consistente con mi extrema autoexigencia (la única forma que encontré de restaurar mi autoestima). Pero nunca pude lograr un castigo para mi agresor, quien fue el agresor de tantas otras mujeres.

Te desplomó enterarte de que eso que te destruyó a un nivel casi atómico para la sociedad era considerado casi nada en comparación con las víctimas de la trata de personas para explotación sexual, pederastia o incesto.

Sabes que hay niñas que se embarazan de sus padres biológicos y quisieras matar a todos los depredadores con tus manitas, tan pequeñas y débiles. Porque no ser víctima directa no significa que no sea un crimen contra ti, contra tu sentido de seguridad, de confianza en los otros, de fe en la humanidad.

Es justo eso, un crimen de lesa humanidad. Tu violador es todos los violadores y viceversa. Nada los distingue en su depredación.

Al final del día, todas las personas que sufrimos violencia sexual también somos lo mismo. Hermanas del mismo dolor, heridas de una forma que nunca termina de sanar, siempre temerosas y a la defensiva, vulnerables ante un sistema que premia a los agresores con impunidad e indiferencia y nos revictimiza cotidianamente.

Leer los expedientes de Epstein es una de las experiencias más retraumatizantes para los sobrevivientes. La amenaza difusa se reactiva, no porque esos millonarios sádicos sociópatas vengan por nosotras, sino por el peso de tener que coexistir con ellos en el mismo planeta.

Por la certeza de que, a pesar de las revelaciones, seguirán violando a seres indefensos porque pueden, porque quieren, porque no hay consecuencias y porque la sociedad seguirá buscando formas de culpar a las víctimas, aunque sean niños. (¿Dónde estaban sus padres?).

Queridos sobrevivientes, en esta hora tan desgraciada para la humanidad, nos tenemos. Que eso que los depredadores rompen, la solidaridad y el calor humano lo vuelvan a tejer. Que venga la justicia de los condenados de la tierra.

Que nos deshagamos de esos monstruos para vivir, finalmente, sin miedo y en paz. Amén.

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Adela Cedillo

Doctora en Historia de América Latina por la Universidad de Wisconsin-Madison Es licenciada en Historia y maestra en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado artículos en revistas indexadas y de divulgación y capítulos en obras colectivas sobre la guerra sucia mexicana, las organizaciones armadas revolucionarias, los derechos humanos y la guerra contra las drogas. Tw @Eliseirena

Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autora, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx

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