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Ruedan las élites… y el negocio

La fiesta del Mundial la seguiremos por televisión porque ya se sabe cómo, poco a poco, el futbol cada cuatro años se ha convertido en una celebración para que la presencien en directo los más pudientes.

Al fin el Mundial está a la vuelta de la esquina, dirán los más futboleros, a la espera como aquel niño icónico de Chaplin que se asomaba expectante para ver si el policía no llegaba para atraparlo en sus fechorías, ahora para subirse al tren y ser parte de la fiesta.

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Una fiesta que la seguiremos por televisión porque ya se sabe cómo, poco a poco, el futbol cada cuatro años se ha convertido en una celebración para que la presencien en directo los más pudientes. Los mundiales se han vuelto oligarcas. Y bien le viene el ejemplo de este con Trump a la cabeza en el país que quiere, aboga y destruye vidas para que unos escasos multimillonarios se queden con el pastel que en realidad le pertenece a la humanidad.

Los mundiales han sido en el campo de juego el reinado de las élites futbolísticas, el de los mejor dotados y preparados, los más capacitados e instruido en que la redonda se trabaje con magia, y a la que al menos desde Qatar –Brasil quizá–, ahora se le agrega el de las élites que lo pueden pagar.

Entiendan o conozcan algo de ese juego, les apasione o no tanto como al señor del barrio que hubiese dado la vida por estar allí abajo sobre el césped o en la tribuna, conozcan o no los estribillos a cantar el día que vayan al estadio o tan solo sepan hacer la ola, si es que para este Mundial se siga practicando -la presencia de México lo garantiza para sus juegos y lo que le ha tocado organizar en la rebatiña con gringos y canadienses.

Solo si acaso las clases medias tendrán oportunidad de asistir, siempre que así como ahorran un año para irse de vacaciones al exterior, podrán aspirar a viajar y asomarse a algún partido de la primera ronda, si acaso a octavos, porque la final en Nueva York será para poco más de 82,000 afortunados que aparten su lugar o quienes cuenten con unos 55 mil dólares, según los precios de reventa que ya circulan.

El futbol de hoy sigue brotando sobre el barro o el piso ralo de pasto de un campo barrial, se alimenta de la pasión del otro lado de la línea y se cocina en despachos con señores de corbata, estrategas y ganadores de un juego hecho negocio.

Fiel a su nombre, los artífices del escritorio han hecho de este Mundial, verdaderamente mundial, y no por su televisación que también rompe récords con sus contratos.

La participación de 48 equipos -en 1970 fueron 16 y en 1986, 24, hace tan solo cuatro años 32- no busca hacerlo más democrático e inclusivo, sino más dotado para generar ingresos: se esperan 11,000 millones de dólares para la FIFA, 50% más al de Qatar y 70% superior al previo de Rusia.

De la calidad de los juegos nada preocupa. Es muy posible que de las diferencias siderales entre una España, Francia, Argentina o Brasil, frente a Curazao, Haití o Cabo Verde, nos encontremos con el primer Mundial con mayor número de goleadas. Y estadios con el aforo propio de un partido de barrio. Cantidad no implica calidad.

El Mundial no comenzará en la primera rueda eliminatoria, sino en el paso siguiente, los octavos, donde la competencia ya es más pareja y la realidad comienza a superar las especulaciones.

Habrá futbol para empacharse. Seis semanas que quizá tapen las tropelías de Trump. O lo pongan más sosegadito para andar molestándole la vida a muchos. De una grisura única, en un país, Estados Unidos, donde el futbol entra con fórceps y las comodidades de los estadios quitan el sabor de la pasión.

Sin insultos que amilanen al rival, ni banderas que tomen partido, ni sabiduría popular en cada cántico. Pero también un futbol para disfrutar de tanta belleza que genera alrededor. Gente de lo más variopinta que se cruza miradas y que en otras ocasiones serían parte de la carroña para agentes migratorios.

Gente que como en esas Navidades donde podemos discutir con el pariente más recalcitrante, pero no pasa a mayores. Si acaso sacar el mejor de los nacionalismos, el deportivo. Y nada más. Y un juego que demostrará una vez más que es la “dinámica de lo impensado”, como describiría Dante Panzeri, imprevisible, dado a la sorpresa, la astucia, la valentía, la simulación, la suerte, las contradicciones, la felicidad, el enojo, la frustración o el fracaso.

Que despedirá a Messi y Ronaldo y abrirá las puertas a los Mbappe, Lamine, Vinicius, y alumbrará a otros que destapen por primera vez. Sin sorpresas porque allí en el campo siempre estarán las mismas élites para encumbrarse y alguno que intente estar en el podio de los ocho que únicamente en un siglo han triunfado.

Y los millones que estaremos disfrutando desde afuera, frente a la pantalla, despotricando ante las estupideces de algunos comentaristas, pero sin ser parte de la élite. Una muestra más de que el futbol termina por reproducir lo que somos.

dariomfritz@gmail.com

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Darío Fritz

Periodista especializado en elaboración, edición y gestión de contenidos en medios de comunicación. Premio Planeta de Periodismo 2005 por la coautoría del libro Con la muerte del bolsillo. Seis historias desaforadas del narcotráfico en México, y Premio Nacional de Periodismo por un reportaje de investigación. Coautor de El libro rojo en el FCE. Editor de la revista BiCentenario.

Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx

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