Más allá del perreo, más allá del flow, de las luces y del espectáculo que suele quedarse en la superficie, este medio tiempo dejó claro desde el inicio que no venía solo a entretener.
Bad Bunny abrió el escenario del medio tiempo del Super Bowl 60 con cuerpo, calle e identidad. Desde el primer segundo fue evidente que lo latino no iba a ser traducción ni adorno, sino relato. Y lo que estaba a punto de contarse no se iba a bailar todo el tiempo: en algún punto, también iba a incomodar.
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Las imágenes parecían cotidianas, pero no lo eran: trabajadores de la caña y de la construcción, manos que ponen uñas, que venden piraguas, tacos; adultos mayores jugando dominó. Migrantes sosteniendo la ciudad sin aparecer en la postal. Vida de barrio. América Latina viva, sin folclor barato.
Entre las canciones apareció la boda latina: la música, la familia, el festejo. Un niño que se queda dormido entre dos sillas mientras la celebración seguía. Un detalle pequeño, pero poderoso: mientras se celebra, la vida continúa.
Ataviado con un traje blanco, Bad Bunny derrochó elegancia, incluso en su manera de protestar. Nombró a todos los países que conforman este continente y enmarcó ese momento con un mensaje poderoso en las pantallas: “Lo único más fuerte que el odio es el amor”.
En medio del recorrido, apareció Lady Gaga, con un vestido azul, despampanante. Interpretó Die With a Smile con una fusión de ritmos caribeños y bailó de la mano de Bad Bunny. Un recordatorio de que mientras se está vivo, hay que amar todo lo que se pueda.
Otro de los momentos que más llamó mi atención fue cuando Benito Antonio le entregó su Grammy a su niño interior, personificado en un pequeño actor. No fue ternura gratuita, fue mensaje. Fue decir que el éxito no borra el origen, que el adulto que hoy llena estadios sigue dialogando con el niño que alguna vez soñó en grande.
Y entonces, cuando el show ya había pasado por la fiesta, la identidad, la emoción y la memoria, Bad Bunny cedió el micrófono a Ricky Martin, quien interpretó Lo que le pasó a Hawái. No era una canción para perrear ni un himno para corear. Era el momento más incómodo —y quizá el más político— del medio tiempo.
Cuando Ricky canta “que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái”, no habla solo de una isla. Habla de despojo, de colonización moderna, de culturas convertidas en postal mientras su gente es desplazada.
La canción habla de Puerto Rico, pero Hawái funciona como advertencia: primero se celebra la cultura, luego se borra a la gente.
Que Bad Bunny eligiera ese tema, a ese invitado y en ese momento fue una decisión política. Elegante, precisa, incómoda. No gritó consignas ni mencionó nombres. No hizo falta.
Mientras algunos levantan muros y deciden quién sí pertenece y quién no, el “Conejo Malo” respondió con historia, con memoria y con amor. Recordó que todos quieren ser latinos —el ritmo, la estética, el sazón—, pero a muchos les falta respeto cuando se trata de territorio, identidad y personas.
Al final, lo que quedó no fue una canción ni un gesto aislado, sino una advertencia. La música usada como memoria. El espectáculo convertido en mensaje, sin necesidad de gritos. Porque no soltar la bandera no siempre es hacer ruido, sino mantener viva la memoria. Y recordar, también es resistir.

DANIELLA GIACOMÁN
Daniella Giacomán Vargas (Monterrey, NL, 1979) Es licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad La Salle Laguna en 2002. Periodista, escritora, editora y activista. Durante más de 20 años, ha trabajado en diversos medios impresos. Ganadora de premios estatales de periodismo Coahuila 2003 y 2009; en 2016 obtuvo el reconocimiento a la trayectoria profesional otorgado por el Senado de la República. Desde hace 11 años es vocera del Síndrome de Moebius en México y en 2022 lanzó su primer libro "El milagro y la sonrisa".
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
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