En 2004 como en 2025 nadie se ha querido hacer cargo de ponerle pecho al enojo de miles que sí tienen un genuino sentimiento de fastidio por la criminalidad rampante y una corrupción en estado de gracia.
Tenía que llegar. Solo requería colocarle fecha y hora. No se podía estar tan al margen como para creer que al mejor estilo Simon Templar o Bruce Wayne (Batman) nada les haría mella a más de un lustro de navegar a sotavento.
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No puede haber lugar a confusión porque no se pretende hacer referencia aquí al patrocinio constante de las destructivas energías fósiles, ni que detrás de los aranceles, la inseguridad jurídica y las remesas flacas se esconda las razones de una economía ralentizada. Tampoco a que los éxitos de una violencia amesetada deberían sonar a relativos frente a seis años de laissez faire, laissez passer.
Menos intentaría poner el acento en el vaciamiento de la atención de la salud. Donde había que ponerle fecha y hora era a la irrupción de la declamación ideologizada, que no es más que la sutil entrada de un enigma con una clara identidad: ultraderecha. Enigma porque no tiene rostros claros, ni organización a la vista ni eslóganes que lo uniformen. Aunque sí un adversario definido.
Un gobierno que no frena la violencia. Al que no se atreven aún a definir como comunista tal cual sus adláteres para denostar todo lo que quieren humillar, pero que si nos guiamos por sus demandas pareciera que tuvieran enfrente al régimen de Kim Jong-un. Su fecha quedó detonada en el 15 de noviembre pasado, pero bien podría estar marcada dos semanas antes, en el primer día del mes cuando asesinan al alcalde de Uruapan.
Como suele ocurrir en los reclamos que unifican a las miradas más conservadoras, la violencia consolida posicionamientos y críticas. Fue el tema central de junio de 2004 conocido como Marcha Blanca, quizá el mejor esfuerzo en décadas por manifestar un hartazgo, pero diluido inmediatamente en la inoperancia de sus organizadores y la sagacidad de los gobiernos federal y estatales para esconderla bajo la alfombra.
Le siguió el impreciso “marea rosa” de 2024, para tratar de entronizar a la aspirante presidencial de derecha desde un supuesto apoliticismo, y le ha seguido este sábado reciente de jóvenes no tan jóvenes aupado desde el pretendido anonimato de las redes sociales. Ha sido el mismo Donald Trump desde su intervencionismo de manual, pero fiel a su protagonismo transparente, quien trajo claridad a las intenciones de ese 15 de noviembre.
En 2004 como en 2025 nadie se ha querido hacer cargo de ponerle pecho al enojo de miles que sí tienen un genuino sentimiento de fastidio por la criminalidad rampante y una corrupción en estado de gracia. Diluirse fue la resultante de entonces. De 2025 se verá.
El contexto mundial de un conservadorismo que echa toda la carne al asador donde puede –Trump intentando influir sobre México, Honduras, Venezuela, Colombia, Argentina, Brasil– marca de todos modos otra trayectoria frente a aquellos fracasos. Hay alicientes ahora en esos grupos disgregados y de peligrosa rabia para no darse por vencidos. Intromisión de las redes sociales, desinformación, mentira contumaz, juegos sucios desde el anonimato con que se construyen narrativas destructivas.
No requieren de partidos políticos. Eso ya camina hacia el ostracismo, alentado por cúpulas que imponen decisiones, y seguidores, ya más fans que gente pensante por creencias y principios, dispuestos a ser soldaditos automatizados sacados de La naranja mecánica. ¿Alguien conoce un local político donde sus militantes o ciudadanos puedan sentarse a discutir política?
Pero también corren con la ventaja de hallar del otro lado respuestas encandiladas en la soberanía, en reciclar el pasado de los convocantes que a nadie interesa, y principalmente gente escasa de herramientas para hacer de ese hastío un arma a la cual ofrecer antídotos. Y que lisa y llanamente gusta mirarse el ombligo, sin preguntarse de qué están hechos sus errores.

Darío Fritz
Periodista especializado en elaboración, edición y gestión de contenidos en medios de comunicación. Premio Planeta de Periodismo 2005 por la coautoría del libro Con la muerte del bolsillo. Seis historias desaforadas del narcotráfico en México, y Premio Nacional de Periodismo por un reportaje de investigación. Coautor de El libro rojo en el FCE. Editor de la revista BiCentenario.
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
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