Durante años, muchas violencias contra las mujeres no desaparecieron simplemente no tenían nombre.
Se escondian detrás de frases cómodas como «es un pleito familiar», «es un tema privado» o «no hay delito», y así, en silencio, se normalizaban.
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Hoy, cuando una nueva forma de violencia entra al debate pública, incomoda.
Pero incomoda porque nombrar es el primer paso para no repetir los errores del pasado.
No toda la violencia deja moretones visibles.
Muchas se manifiestan en el acecho, en la amenaza constante, en el control cotidiano, en el miedo que no siempre se denuncia porque durante años no supo cómo explicarse.
En ese terreno, Coahuila ha ido, en varios aspectos, un paso adelante frente a otros estados.
Uno de los avances más claros es la tipificación del delito de acecho.
Mientras en buena parte del país estas conductas siguen diluidas entre el acoso o la violencia psicológica, cuando no minimizadas, Coahula decidió nombrarlas y sancionarlas de forma especifica.
Vigilar, perseguir, buscar cercanía insistente o contactar de manera reiterada por cualquier medio dejó de ser «exageración» para convertirse en una conducta perseguible por la ley.
Nombrar el delito importa. Porque lo que no se nombra, no se persigue. Y hoy el acecho dejó de ser un vacio legal en el estado.
Existen ya precedentes judiciales que muestran que la ley no se quedó solo en el papel. Falta camino, si, pero la herramienta existe.
Ese mismo avance expica por qué la violencia vicaria se ha convertido en uno de los temas más incómodos y necesarios del debate público actual.
No es un conflicto de custodia ni una disputa legal más. Es una forma de daño que utiliza a hijas e hijos como medio para castigar, controlar o someter a una mujer, casi siempre después de una historia previa de violencia que no logró detenerse a tiempo.
Verla sin contexto es entenderia mal.
Hablar de perspectiva de género no significa suspender la presunción de inocencia ni dejar de investigar.
Significa reconocer que las relaciones no se dan en condiciones iguales y que analizar estos casos como si todas las partes partieran del mismo lugar conduce, una y otra vez, a la revictimización.
Coahula está hoy en un punto decisivo.
Ha avanzado en legislación y ha puesto sobre la mesa debates que otros estados siguen evitando.
Ese avance obliga a una responsabilidad mayor: aplicar la ley con rigor y sensibilidad, para que figuras necesarias no se vacien de sentido ni se utilicen sin cuidado.
Nombrar la violencia no es ideología. Es una forma de proteger.
Y también, de no volver a equivocarnos.

EVA FARÍAS
Eva Farias es periodista, comunicadora y narradora de historias con más de 15 años de experiencia. Su voz se distingue por unir lo personal con lo colectivo, con una mirada cercana, crítica y profundamente humana.
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autora, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
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