Dicen los viejos del carbón —los que nacieron en Nueva Rosita, donde la tierra respira humo y la dignidad se excava con las uñas— que hay mujeres que no esperan a que la historia las nombre: ellas van y la despiertan.
A María Candelaria Valdez Silva la conocí así: no por títulos, no por cargos, sino por su manera de caminar la vida. Desde el principio supe que no venía a pedir permiso: venía a abrir camino.
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La militante que llegó antes que la académica
Cuando la autonomía universitaria ardía en las calles, Candelaria todavía no estaba dentro de la UAdeC. Acompañó el movimiento desde afuera, desde donde se aprende a mirar sin miedo. Su hermano Ricardo estaba adentro, y ella caminaba a su lado, sosteniendo la palabra, repartiendo volantes, organizando, aprendiendo.
Luego vino el Movimiento Prodignificación Universitaria, y ahí Candelaria no fue espectadora: fue militante del PSUM, parte del Comité Estatal. Era de esas compañeras que no buscan protagonismo, sino justicia. De esas que sostienen la lucha cuando otros dudan. De esas que saben que la dignidad no se delega: Se ejerce.
El CREDE: la puerta que yo vi abrirse
En 1984, Candelaria ingresó al CREDE, el Centro Regional de Desarrollo Educativo.
Y lo digo con claridad: yo fui uno de los que ayudó a que esa puerta se abriera, junto otras personalidades. Ella nunca lo olvida, y yo nunca lo presumo. Así funcionan las amistades verdaderas.
El CREDE era un proyecto federal sembrado en varias universidades públicas. Su misión era profunda: enseñar a enseñar. Ayudar a los maestros a convertir su conocimiento en didáctica, en claridad, en pedagogía. Ahí, Candelaria fue docente en: Ciencias de la Educación, Psicología, Historia. El CREDE no dependía de ninguna facultad. Recibía financiamiento externo. Respiraba autonomía. Y desapareció en 1988, como desaparecen los proyectos que incomodan a los burócratas.
Pero para ella fue el inicio de un camino que la llevaría lejos.
La formación que la hizo maestra de maestras
Antes de llegar a la universidad, Candelaria ya había recorrido otros territorios:
Estudió en la Normal, se hizo maestra de primaria, trabajó en escuelas rurales y urbanas.
Luego cursó la Normal Superior, especializándose en Psicología Educativa, y enseñó en secundarias y en la UPN.
Ingresó a Filosofía y Letras en la UAdeC, pero interrumpió sus estudios para irse al DF.
En el Departamento de Investigaciones Educativas del CINVESTAV, cursó la Maestría en Ciencias.
Para sostener sus estudios —porque la Ibero era particular y no había beca— trabajó en CONAFE. Y ahí también, como ella misma me recuerda, yo estuve para ayudar, junto con Javier Guerrero. No por mérito, sino por cariño y convicción.
El CISE: su casa intelectual
En 1990, ya titulada de la maestría, ingresó al Centro de Investigaciones Socioeconómicas (CISE) de la UAdeC. Ahí encontró su lugar. Ahí sembró su obra.
Ahí se volvió lo que hoy es: una de las historiadoras de la educación más sólidas del norte del país.
Desde el CISE: investigó, escribió, formó generaciones, dio clases en posgrado en Ciencias de la Educación y en Trabajo Social.
Y lo hizo con esa mezcla suya de rigor y ternura, de archivo y calle, de método y memoria.
Sus libros: devolverle al pueblo su historia
Candelaria no escribe por vanidad. Escribe para que nadie quede fuera de la historia.
- La comarca lagunera: educación socialista y reparto agrario
Su primer gran obra académica, nacida de su tesis de maestría, es un viaje al corazón del cardenismo. Ahí reconstruye cómo la escuela socialista y el reparto agrario transformaron la vida campesina en La Laguna. Es un libro que huele a tierra mojada, a pizarrón rural, a ejido recién nacido. Un libro que explica cómo la educación puede ser semilla de justicia.
- La escolarización de abogados, médicos e ingenieros coahuilenses en el siglo XIX. Una promesa de futuro
Años después, Candelaria se sumergió en archivos del siglo XIX para reconstruir las trayectorias de cientos de jóvenes que buscaron estudiar para cambiar su destino.
Es una obra monumental: prosopografía, historia social, movilidad, educación, región.
Un libro que demuestra que la historia no es un adorno:
es una herramienta para entender cómo se construye un pueblo.
- Sus dos libros sobre el Ateneo Fuente
El pasado de una esperanza: Los orígenes del Ateneo Fuente (2005)
Ateneo Fuente: La forja de un patrimonio escolar (2016)
La misma mujer que acompañó la lucha por la autonomía terminó escribiendo la memoria de la institución que defendió. Eso no es casualidad: es destino.
Su doctorado y el SNI
Estudió el doctorado en Historia en la Universidad Iberoamericana. No fue fácil. Pero la dificultad también enseña.
Una vez obtenido el grado, ingresó al Sistema Nacional de Investigadores (SNI).
Para quienes hacemos investigación, es una distinción que reconoce el rigor, la constancia y la pasión por el conocimiento.
Su compromiso social
Durante siete años fue consejera en la Comisión de Derechos Humanos, sin remuneración. Salvador Vélez la propuso por su trabajo social y académico.
Y ella aceptó porque la dignidad no se delega: se ejerce.
Acompañó luchas urbanas en Saltillo —Universidad Pueblo, Pancho Villa— porque la vivienda también es un derecho. Acompañó causas justas en otros estados —como Juchitán, Oaxaca, en 1982— porque la solidaridad no tiene fronteras.
Por eso la nombro así:
María Candelaria Valdez Silva, la compañera que camina con la memoria al hombro, la que enseña a enseñar, la que escribe para que nadie quede fuera de la historia, la que convierte el archivo en refugio, la que hace de la investigación un acto de cariño y rebeldía, a que demuestra que la dignidad también se escribe.

Jaime Martínez Veloz
Luchador social, politólogo, incómodo al poder, ex legislador.Presidente del Centro de Estudios y Proyectos para la Frontera Norte “Ing. Heberto Castillo Martínez”.
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
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