Desde la Guerra Fría, Estados Unidos ha intervenido en América Latina con el objetivo de contener el comunismo y proteger sus intereses económicos y estratégicos. Estas intervenciones incluyeron golpes de Estado, invasiones militares, apoyo a dictaduras y financiamiento de fuerzas contrainsurgentes.
Casos emblemáticos fueron el derrocamiento de Jacobo Árbenz, en Guatemala (1954); la invasión fallida de Bahía de Cochinos, en Cuba (1961), y la intervención militar en República Dominicana (1965).
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En los años setenta, Washington respaldó dictaduras del Cono Sur mediante el Plan Cóndor, facilitando la represión y desaparición de miles de opositores. En los años ochenta, apoyó conflictos armados en Centroamérica, especialmente en Nicaragua y El Salvador, con un alto costo humano. Posteriormente, intervino directamente en Granada (1983) y Panamá (1989).
En conjunto, estas acciones muestran un patrón histórico de intervencionismo estadounidense con profundas consecuencias políticas, sociales y humanas para América Latina. En décadas recientes, la relación conflictiva con Venezuela refleja la continuidad de tensiones y acusaciones de injerencia, hasta llegar a lo ocurrido la madrugada de este 3 de enero en Caracas y en otras poblaciones de ese hermano país latinoamericano.
En el backstage, el pensamiento neoconservador y su líder, que poco representa para una buena parte de los votantes norteamericanos, explican que, al final del día e independientemente del saldo de personas fallecidas en Venezuela, estas acciones no dejan de ser súplicas de mensajes de aceptación ante la deteriorada simpatía de la que carece en gran parte del pueblo norteamericano.
Es el neoconservadurismo norteamericano, donde la idea de que el poder debe estar en manos de las élites y donde elementos como el racismo, la xenofobia y la idea de supremacía cultural –justificadas mediante una narrativa de crisis moral y agotamiento ideológico– están a la base.
Donde predomina el pensamiento de un americanismo agresivo, defensor de la superioridad de los valores institucionales de Estados Unidos, que prioriza el mercado y la no intervención estatal en lo económico por encima de la igualdad ciudadana; marcado por el rechazo a los movimientos sociales de izquierda, ahí donde el intervencionismo militar es fundamental; curiosamente en una América Latina donde en este momento la mitad de los países que la conforman son progresistas.
Efectivamente, la situación en Venezuela, de Hugo Chávez hacia acá, no ha sido la óptima hablando de una vida digna para sus pobladores. Pero, justamente, ¿era el gobierno norteamericano quien debía intervenir, violando los convenios de la autodeterminación de los pueblos?
Le recuerdo las preferencias electorales de Donald Trump en Estados Unidos: en diferentes encuestadoras andan entre el 38 y el 45 por ciento, lo cual nos remite, una vez más, a la necesidad de realizar este tipo de acciones – como lo hicieron otros presidentes–. De veras, ¿cree usted que a Donald Trump le interesa la democracia?
Si el pensamiento neoconservador representa una visión intervencionista, militarista y profundamente escéptica del multilateralismo, lo que hemos visto en Ucrania e Israel no resulta nada extraño, en razón de lo que ha ocurrido en Venezuela, bajo los subterfugios del terrorismo y el narcotráfico, o lo que usted quiera y mande.
Ahora se habla del triunfo de los marines norteamericanos, como si fuese una película de esas que representan el american way, independientemente del respeto a la soberanía de los pueblos y mañana al conteo de pérdidas de vidas humanas: ¿eso es lo que se celebra?, ¿la soberbia de un presidente que está lejos de ser un político que consensa, que negocia o que utiliza otro tipo de medidas, por supuesto, si tiene un sano deseo de ayudar a pueblos como el venezolano? ¿En qué momento han buscado hacer un juicio político a Benjamín Netanyahu, por ejemplo?
Está claro que al presidente de Estados Unidos no le interesa ni el derecho internacional ni la dignidad humana, ni absolutamente nada que tenga que ver con la justicia y la democracia. Como en los casos de Ucrania y Palestina, les interesa la economía de guerra, los oleoductos y, por supuesto, el petróleo en Venezuela. ¿Y la gente que conforma esos pueblos?
Sin lugar a dudas, la dictadura de Maduro en Venezuela ya no era viable, bajo ningún motivo y desde hace tiempo. Pero tampoco era el gobierno norteamericano quien tenía que encargarse de tumbarlo. ¿Imagínese ahora un gobierno que fue premiado con el Nobel de la Paz llegando al poder a partir del uso indiscriminado de la fuerza militar y, lo peor, mediante una invasión? Tremenda contradicción.
Está claro, en Venezuela no se dio, en ningún momento, la cohesión de los descontentos (empresarios y políticos de derecha) y la búsqueda de consensos a través de interlocutores válidos, sino que se optó por la ruta más sencilla: pedir la intervención de Estados Unidos, que es como decir: “si ya sabes que el chango es chistoso, ¿para qué le aplaudes?”. Con todo esto, el problema es el siguiente: ahora es Venezuela; ¿mañana, quién será? Así las cosas.

FELIPE DE JESÚS BALDERAS
Es Maestro en Ética Aplicada y Doctor en Estudios Humanísticos por el Tecnológico de Monterrey. Licenciado en Filosofía y Letras, con una Maestría en Educación Superior por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Cuenta con una especialidad en Moral y Justicia por la Universidad Pontificia de México (UPM). Especialidad de Ética Aplicada a las Profesiones en Loyola University (Estados Unidos). Especialidad en Ética Social y Fundamental en la Universidad de Deusto (España). Especialidad en Ética Social y Profesional y estancia de investigación en la Universidad de Valencia en España.
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
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