México es un país que trabaja mucho. Millones de personas emprenden, producen, venden, atienden y construyen. Las ciudades laten con actividad constante; los negocios abren temprano y cierran tarde.
No falta esfuerzo. No falta ingenio. No falta espíritu emprendedor. Lo que falta es escala. Y ahí está el verdadero freno del crecimiento económico mexicano.
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La estructura productiva del país está formada, casi en su totalidad, por empresas que nacen pequeñas… y se quedan pequeñas.
La economía mexicana no sufre porque falte talento, sino porque ese talento queda atrapado en unidades económicas que jamás alcanzan el tamaño suficiente para invertir, innovar o competir con verdaderas ventajas.
Son empresas que sobreviven, pero no evolucionan. Y un país donde la mayoría de sus negocios vive en modo supervivencia es un país destinado al estancamiento productivo.
La lógica es sencilla: sin escala no hay productividad. Una empresa pequeña difícilmente puede invertir en tecnología, desarrollar procesos robustos, mejorar logística, crear productos originales o contratar talento altamente especializado.
Su margen se va en la renta, las nóminas y las urgencias de cada mes. La innovación se vuelve un lujo. La planeación estratégica, una aspiración. Y el crecimiento, un deseo que rara vez se concreta.
Esto explica una contradicción que arrastramos desde hace décadas: los mexicanos trabajan muchas horas, pero el país crece poco. No porque la gente rinda menos, sino porque la estructura económica premia el esfuerzo manual y castiga la capacidad de escalar.
La economía opera en miles de islas productivas que no se conectan entre sí, que no se agrupan en clusters, que no integran cadenas de valor robustas. En un mundo donde la competitividad depende de colaborar, México sigue compitiendo desde la fragmentación.
Mientras tanto, las economías más dinámicas del mundo no son las que tienen más empresas, sino las que tienen más empresas que logran crecer rápidamente. Las que saben convertir lo pequeño en mediano, y lo mediano en grande.
Las que permiten que un negocio con potencial acceda a capital, innovación, productividad y mercados más amplios. Ese es el salto que México aún no logra dar.
El país trabaja mucho, sí. Pero escala poco. Y mientras el crecimiento siga atrapado en empresas que apenas logran sobrevivir, la economía seguirá condenada a rendir por debajo de su capacidad.
México no necesita que sus negocios trabajen más: necesita que tengan las condiciones para crecer: financieras, infraestructura, fiscales, etc. Solo así podrá romper, por fin, el ciclo de bajo crecimiento que ha limitado a varias generaciones.
El autor es director general de Soluciones Financieras GAMMA, CEO de Miri Capital LLC e investigador no residente de Baker Institute en la Universidad de Rice. Tiene un doctorado en Finanzas y maestría en Economía Financiera, ambas por la Universidad de Essex en el Reino Unido

JESÚS GARZA
Es director general de Soluciones Financieras GAMMA, CEO de Miri Capital LLC e investigador no residente de Baker Institute en la Universidad de Rice. Tiene un doctorado en Finanzas y maestría en Economía Financiera, ambas por la Universidad de Essex en el Reino Unido.
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
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