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El martes me fusilan 

“El martes me fusilan a las 6 de la mañana, por creer en Dios eterno y en la gran Guadalupana. Me encontraron una estampa de Jesús en el sombrero, por eso me sentenciaron, porque yo soy un cristero”.

Esta es la estrofa inicial de una canción de Vicente Fernández que concluye con sonidos de tambores y el grito de“Viva Cristo Rey”, una frase que poco entendía de niño, cuando acompañaba a mamá (mi abuela Fidela) a escuchar un programa de radio en el Monclova de la década de los setentas que se llamaba “Mexicano que no canta, en México no nació”, un espacio donde programaban solo canciones de Vicente Fernández. Ahí escuché ese tema poco conocido del “Charro de Huentitán”.

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Se están cumpliendo cien años del inicio de la “Guerra Cristera”, conflicto armado que tuvo lugar en México entre 1926 y 1929, como consecuencia directa de las tensiones entre el Estado mexicano y la Iglesia católica. Aún no se secaba la sangre de la Revolución Mexicana y surgía un nuevo enfrentamiento, que fue no solo una lucha religiosa, sino también una disputa política y social sobre el papel de la fe en la vida pública y la autoridad del Estado sobre la sociedad.

La Constitución de 1917 estableció artículos claramente anticlericales que limitaban la participación de la Iglesia en la educación, la propiedad y la vida política. Durante algunos años estas disposiciones no se aplicaron de manera estricta; sin embargo, a la llegada al poder de Plutarco Elías Calles, se decidió hacerlas cumplir mediante la llamada Ley Calles en 1926, que restringía el número de sacerdotes, prohibía las órdenes religiosas y sancionaba penalmente a quienes desobedecieran la legislación.

La respuesta de la Iglesia fue suspender el culto público, lo que afectó en especial a estados como Jalisco, Michoacán, Guanajuato y Zacatecas. El conflicto armado estalló y surgieron grupos conocidos como “Cristeros”, campesinos y creyentes que, bajo el grito de “¡Viva Cristo Rey!”, combatían al gobierno y ejército de Calles. Muchos de estos combatientes eran civiles sin formación militar, aunque el movimiento llegó a organizarse con liderazgo regional y apoyo logístico.

La guerra se caracterizó por una violencia extrema. Ambos bandos cometieron abusos, incluyendo fusilamientos, persecuciones religiosas y represalias contra comunidades enteras. El conflicto dejó un alto costo humano: se estima que murieron alrededor de 90 mil personas, entre combatientes y civiles. 

Además, provocó desplazamientos forzados y una profunda división social que marcó a varias generaciones. En 1929, con la mediación del embajador estadounidense Dwight Morrow, se alcanzaron los llamados Arreglos, que pusieron fin al conflicto armado. 

 Aunque no se modificó la Constitución, el gobierno adoptó una postura más flexible en la aplicación de las leyes anticlericales y la Iglesia reanudó el culto público. Sin embargo, muchos cristeros quedaron desprotegidos y algunos líderes fueron asesinados posteriormente.

La Guerra Cristera dejó una huella duradera en la historia de México. Reveló las profundas tensiones entre modernización, laicismo y tradición religiosa, y evidenció que la construcción del Estado posrevolucionario implicó conflictos complejos y dolorosos. 

La cristiada es uno de los momentos históricos más complejos de la historia de México. Refleja la pugna de ideologías entre dos de las instituciones más polémicas de la historia de la humanidad: el estado y la iglesia. Ambas complejas, ambas corruptas. Ni a cuál irle.


@marcosduranfl

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MARCOS DURÁN FLORES

Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx

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