Los discursos suenan muy bonitos cuando se pronuncian, por desgracia, el gobierno requiere en ocasiones de optar por el mal menor, no por lo que mejor suene en la teoría.
En el Foro de Davos, el primer ministro canadiense Mark Carney presentó un discurso que muchos han calificado de extraordinario o, por decir lo menos, de ser una muy buena pieza oratoria. Incluso se subraya el hecho de que Carney escribió personalmente el discurso, lo cual es una excepción en este tipo de casos. Hubo un analista que dijo que el primer ministro canadiense había dedicado mucho tiempo a pensar, lo cual, dijo, era extraordinario para un político.
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No voy a discrepar de quienes aseguran que el discurso en cuestión es una pieza extraordinaria, estoy convencido de que así es. El problema es que, como lo ha demostrado la historia, no necesariamente una buena pieza oratoria, o una extraordinaria reflexión acerca del mundo que nos toca vivir, constituye un buen instrumento de gobierno ya que, como dice la sabiduría popular, “de lengua me como un taco”.
Para no ir más atrás, señalaremos que, desde la antigüedad clásica de occidente, ha existido una discusión acerca de si los “mejores”, cabe decir los intelectuales, los que “piensan”, deben gobernar por encima de los políticos. Platón propuso que no era la democracia el mejor de los gobiernos, sino que debería ser la aristocracia el modelo a seguir. Que los filósofos gobernaran o que los gobernantes fueran filósofos. Conocemos el resultado de esta propuesta.
Carney no es la excepción, conocemos su calidad como tecnócrata, principalmente en las áreas económicas, dirigió el banco central de Inglaterra y ha sido un destacado economista en Canadá, pero hoy su cometido es otro, muy diferente, que no se puede regir por las propuestas tecnocráticas que podríamos llamar «puras” si es que algo así existe.
Tan es así que ante las embestidas de Trump ha tenido que aclarar que no firmará un tratado de libre comercio con China, por aquello de las represalias que podría tener por parte de Estados Unidos.
Sí, los discursos suenan muy bonitos cuando se pronuncian, emocionan a los analistas de postín porque conceptualmente pueden ser muy atractivos, por desgracia, el gobierno de un país, de un estado o de una región, requiere en ocasiones de optar por el mal menor, no por lo que mejor suene en la teoría, es el caso actual.
Vivimos en una era en la cual el poder de Estados Unidos no se puede comparar con el de algún otro país, tanto en lo económico como en lo militar, por más que se quiera equiparar a nuestros vecinos del norte con Rusia o China.
El primero de ellos no ha podido derrotar a un país como Ucrania en una guerra que se suponía concluiría en algunos días o semanas a más tardar, van cuatro años del conflicto armado y todavía no se ve cómo concluirá. Si Rusia fuera tan poderosa como se supone, seguramente ya habría terminado el conflicto.
China, parece ser, tiene conflictos internos que han llevado a Xi Jinping a someter a procesos legales a los dirigentes más elevados de las fuerzas armadas, en tanto no se presente una culminación de este proceso interno, difícilmente podremos evaluar la fuerza militar del gigante asiático, quien seguramente tiene dentro de sus objetivos a Taiwán.
Así es que, sí, muy bueno el discurso, desgraciadamente la realidad corre por otro carril, un mensaje que nuestros intelectuales deberían entender cuando le quieran exigir cuentas a la presidenta Sheinbaum, quien un día sí y otro también, tiene que cumplir con la máxima de la política mexicana: hay que aprender a comer sapos. Pequeños para los políticos pequeños y grandotes para los políticos grandotes.

Juan Palacios
JUAN PALACIOS es educador de profesión, periodista por vocación. Editorialista en La Moneda, ABC, El Porvenir y Radio Alegría, en Monterrey.
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
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