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Coartada para la derrota

Donald Trump no le disparó a nadie en su primera campaña para saber si, como fanfarroneó, ni un solo votante le habría vuelto la espalda.

En su lugar detonó una arma más poderosa y letal: la lengua; y en efecto, no perdió un solo elector, sino legiones. Pues en las elecciones del 8 de noviembre de 2016, 65.8 millones votaron por la candidata del Partido Demócrata, Hillary Clinton, y 62.8 millones por el republicano.

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Trump no ganó en las urnas, donde la voluntad popular se expresa, sino en el Colegio Electoral (CE). En 2000, Al Gore superó a George W. Bush por medio punto porcentual. La lucha en el CE resultó igual de cerrada y se decidió por cinco votos en favor de Bush.

Clinton y Gore aceptaron el resultado sin vacilaciones. El sistema electoral de Estados Unidos es anacrónico y premia a quien el voto popular castiga. Por esa razón Trump fue Presidente para desgracia del mundo y de su país.

Trump se presentó para un segundo periodo en 2020, pero el voto popular volvió a serle adverso, esta vez en mayor cuantía. Más de 81 millones de estadunidenses cruzaron su papeleta por Joe Biden, y 74.2 millones por Trump. Sin embargo, el «rey», no aceptó la voluntad mayoritaria.

Alegó fraude y sus seguidores, inflamados por su retórica incendiaria, asaltaron el Capitolio el 6 de enero de 2021 para impedir la certificación del triunfo de Biden.

El partido al que perteneció Abraham Lincoln (símbolo de la libertad) vendió su alma al diablo, y en 2024 postuló de nuevo a Trump.

Pero a pesar de su discurso vociferante y del atentado en Butler, Pensilvania, la diferencia de votos populares con respecto a la candidata demócrata, Kamala Harris, fue de apenas 1.5 puntos porcentuales (49.8/48.3).

La popularidad de Trump está en picada y sus insolencias -exhibir a Barack Obama y a su esposa Michelle como primates- han dejado de ser celebradas por su partidarios; hoy les preocupan y avergüenzan.

Las derrotas republicanas, las protestas por las redadas de inmigrantes (¿quién es el salvaje?) y el deterioro de la calidad de vida de los estadunidenses prefiguran un escenario catastrofista para Trump en las elecciones intermedias de noviembre.

Para tratar de conjurar ese riesgo, recurre a otra de sus armas: la mentira. Descalifica al sistema electoral, que le ha favorecido, y lo acusa de avalar comicios fraudulentos.

Otra de sus cantaletas infundadas. Pedir la «nacionalización» de las elecciones e incitar a sus fieles a tomar el control de las casillas es un acto desesperado. Trump ya tiene la coartada para la derrota, lo que le falta es respaldo para revertir esa tendencia.

Trump sabe lo que le espera si los demócratas obtienen la mayoría en la Cámara de Representantes (435 asientos) y los 33 escaños del Senado que se renovarán el 6 de noviembre.

«Tenemos que ganar las [elecciones] de mitad de mandato porque si no ganamos |…] encontrarán una excusa para destituirme. Me van a destruir». Motivos existen, dentro y fuera de casa.

El pueblo de Estados Unidos tiene poder para rescatar a su país de la locura y volverlo a la razón. EI discurso de Lincoln en Gettysburg está hoy a flor de piel. EU se concibió en libertad y se consagró al principio de que «todas las personas son creadas iguales». EU puede tener «un nuevo nacimiento de libertad». Sólo así se preservará «el Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo».

En medio de la Guerra Civil, Lincoln advertía que el resultado de la conflagración determinaría el futuro de su gran nación. Frente a la prueba de hoy, él mismo brinda la respuesta: «Una papeleta de voto es más fuerte que una bala de fusil».

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Gerardo Hernández

GERARDO HERNÁNDEZ es periodista desde hace más de 40 años en Coahuila. Director General de Espacio 4.

Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx

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