Quien presenta a los migrantes como animales, incita a tratarlos como tales. A patearlos en el piso, dispararles a mansalva y cometer contra ellos cualquier tipo abuso. A sembrar terror y a detener a niños.
El Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) lleva a extremos demenciales e inhumanos la consigna del presidente de Donald Trump de limpiar a Estados Unidos de lo que para él son lacras, pero que su país mira con otros ojos, como hermanos, por sus aportaciones a la cultura y la riqueza nacionales.
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Las políticas anti-inmigrantes de Trump, que entusiasman a una minoría supremacista, han producido el efecto bumerán. A la simpatía de un pueblo formado por inmigrantes se ha sumado algo más fuerte: la compasión. Minnesota es la bandera de la resistencia y la solidaridad.
País de profundas raíces religiosas, Estados Unidos empieza a ver al monstruo -como él califica a los migrantes- que eligió por segunda vez, y se horroriza. Trump está cada vez más fuera de sí. Las tempestades que se abaten sobre él son fruto de los vientos que siembra en todas direcciones.
Encona al mundo, desprecia y chantajea a aliados históricos, insulta sin rubor lo mismo al líder de un país pequeño que al Presidente de una potencia grande o mediana. Y en casa pisotea a sus ciudadanos.
La inquina contra los migrantes esconde sus complejos. Su misoginia es signo de debilidad. La superioridad que presume se sustenta sobre arenas movedizas. Trump es una parodia de sí mismo como lo han sido los déspotas más inicuos.
Trump pesa por su país, no por sí mismo. La mayoría de los estadunidenses empieza a verlo como una carga difícil de soportar. De acuerdo con una encuesta de The New York Times (NYT), Trump se ha ganado un lugar entre los peores presidentes de la historia de Estados Unidos.
El club lo encabezan James Buchanan, Andrew Johnson y Warren G.
Harding. También es reprobado por la forma de llevar la presidencia y por el manejo de asuntos estratégicos como la frontera con México, Venezuela, migración, economía, relaciones internacionales y el caso Epstein.
Trump es un león acorralado, y actúa como tal.
Paul Krugman, Nobel de Economía 2008, aprecia en él los síntomas del síndrome sundowning: aumento de confusión, ansiedad, agitación y deambulación, entre otros, identificados al atardecer o durante la noche en personas con demencia o Alzheimer.
Krugman habla desde la experiencia: «Al ponerse el sol (mi padre), se deterioraba, volviéndose confuso, paranoico y agresivo». Se trata, reconoce, de «una tragedia personal, no nacional ni mundial».
Pero «es totalmente diferente cuando el Presidente de Estados Unidos está en sundowning: un Presidente rodeado de aduladores malignos que le dicen lo que quiere oír y le dan rienda suelta a todos sus caprichos, por muy destructivos que sean»
(Reforma, 22.01.26).
El Nobel puso nombre y apellido a los zalameros: Stephen Miller, zar de políticas migratorias, señalado por el NYT, en 2017, por haber impedido la publicación de un estudio del Departamento de Salud y Servicios Humanos sobre el efecto neto positivo de los refugiados en los ingresos del Gobierno.
La extravagante secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Moem, exgobernadora de Dakota del Sur. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, quien, contra las especulaciones acerca de las capacidades disminuidas de su jefe, ve un Presidente en plenitud de facultades. Y Kash Patel, director del FBI, miembro de la junta directiva de Trump Media & Technology Group. Todo está dicho.

Gerardo Hernández
GERARDO HERNÁNDEZ es periodista desde hace más de 40 años en Coahuila. Director General de Espacio 4.
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
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